Ursulina Cantoni - 36 En Rusia.
Nos fuimos cuando yo todavía no tenía tres años, y volvimos cuando recién cumplía los cuatro... ¡de hecho no me acuerdo de nada! Me referiré entonces a aquella época por los relatos que contaba mi madre, y por los que hoy me cuenta Idalina, compartido con anécdotas que el lúcido Pachacho Varas me relata. Él fue integrante de la numerosa comitiva de sanjuaninos que fueron designados por el gobierno Nacional, para conformar el plantel que integraría la Representación Argentina.

La heterogénea comitiva aunaba compromisos de Perón y
de Cantoni por el Partido Bloquista. También de mi madre, que
con su natural bonhomía sugería: "Federico, llevá a Fulano... a
Mengano..." ¡Pobre madre! Tuvo grandes virtudes y pocos defectos;
pero uno garrafal: creer en la gente y fiarse de los adulones de
turno... ¡Lo lloró toda la vida!
De esta comitiva, hubo quienes respondieron de acuerdo a
la confianza depositada y trabajaron para proyectar la Embajada.
Otros sólo se proyectaron a sí mismos.
Por supuesto fue Idalina, nodriza titular y hermana mayor
"de hecho".
Era época de posguerras y Rusia había estado seriamente
comprometida en ambas. Situación que se reflejaba paso a paso,
en nuestro transitar hacia Moscú.
En Nápoles embarcamos a Odessa, travesía larga y peligrosa:
en el último tramo debimos ser remolcados por una nave soviética
para poder sortear las minas con las que, todavía en esa época, la
U.R.S.S. protegía la entrada al Mar Negro. De ahí seguimos en
tren, que no tenía coche cama (¡ni menos comedor!). En las distintas
estaciones vendían pollos hervidos, semillas de girasol, entre otras
cosas. Todos bajaban y se agolpaban para comprar. Por protección,
antes de consumirlos, se los desinfectaba rápidamente: la comida
se "ahumaba" con un cucurucho de papel empapado en colonia y
encendido. Además, habían entregado por pasajero: dos cajas de
arenques -sin sal-, un trozo de pan negro con mantequilla y un
trozo de dulce.
Después de dos días llegamos a Moscú, el 27 de abril de
1947.
La precaria situación inmobiliaria, propia de una Nación que
en menos de treinta años había enfrentado dos guerras, hizo que
el cuerpo diplomático de la República Argentina, al igual que el de
otras naciones, no pudiera establecerse en una Sede propia. Por
ello, trasladaron al Embajador y familia al Hotel Nacional, mientras
que el resto de la comitiva se hospedó en el Grand Hotel.
Ya instalados, comenzamos a sentir las diferencias: primero,
nadie hablaba en español. Todos escondíamos nuestra ignorancia
con una enorme sonrisa, salvo mi padre, que hablaba fluidamente
inglés y francés. Esto salvó todos los inconvenientes con las
mucamas, pues la encargada hablaba francés como Cantoni.
Además todas se habían encariñado conmigo, pero tanto cariño y
tanto besuqueo terminaron por fastidiarme, lo que me llevó a
exclamar ¡Puta! Dejándolas totalmente espantadas (sin lugar a
dudas, es una palabra universal).
El tema comida era lo más difícil: llegábamos de las mesas
abundantes de Argentina a un lugar donde existía, aún para las
misiones diplomáticas, el racionamiento. Sólo los Señores
Embajadores tenían la ración de un kilo de carne por mes cada
uno, ración que disminuía jerárquicamente. Sí abundaba el caviar
rojo, el negro, el chukrut, y algo parecido a cereales.
Me contaron siempre la primer visita al Kremlin. Gran parte
de la comitiva nos acompaño para conocerlo. Al frente con mis
padres iban los traductores, explicando con lujo de detalles las
maravillas expuestas: reliquias usadas por los Zares y Zarinas de
Rusia. Siempre se admiró mi madre, de cómo resistían los
"favoritos" de Catalina la Grande tanta pasión... y el obligado uso
que debían concretar de las ricas monturas y vestimentas -engarzadas
con grandes brillantes y pedrerías- que eran un gozo para la vista,
pero, sin lugar a dudas, un sufrimiento para las nalgas. También la
maravillosa colección de carruajes dorados que parecían escapados
de cuentos infantiles; el vestido de boda de Catalina la Grande,
realizado en oro y plata; como así los grandes "braseros",
sahumerios de oro con los que aromatizaban los palacios, rodeados
de tesoros de orfebrería y magnificencia.
Después de varias horas, cansada de tanto recorrido, broté
en un impertinente llanto. Ante el asombro del resto de la comitiva
argentina, protegido entre los pilares y resguardándose de las
miradas soviéticas, Santos Farina no hallaba cómo entretenerme,
y no se le ocurrió mejor idea que tararear una zamba y bailármela:
no logró callarme, pero ¡supongo que podría pasar a la historia
como el único bailarín folclórico del Kremlin!
A los pocos días de nuestra llegada, se celebró con todas las
pompas el «1 de mayo, Día del Trabajador». Festejo dominado, de
una manera casi circense, por la figura de Stalin, entronizado,
primero, en un palco en el que permaneció solo e inmutable durante
las largas horas del desfile. Expandido y llevado a la omnipotencia,
después, por una figura de su cabeza que colgaba vigilante a varios
metros de altura por sobre la ciudad, haciendo imposible no verla
desde cualquier punto de Moscú.
Mis padres ocupaban, cumpliendo el protocolo, palcos
reservados para los embajadores. Al finalizar, volvieron al hotel y
sucedió la anécdota histórica que mucho ha sido relatada -hasta
en el libro de otros- pero que nos corresponde. La vivieron mis
padres y la tengo grabada por los relatos de ambos:
"Regresábamos al hotel comentando el magnífico espectáculo,
y en tono de broma me jactaba ante Federico:
-¿Qué tal el recibimiento que nos han dispensado los rusos,
Señor Embajador?
Federico, en uno de los pocos momentos en que se daba tiempo
para el diálogo alegre, me respondió:
-Coincidencia, solamente coincidencia... ¡Tocarnos presenciar
este 1 de mayo, en que el Mariscal Tito está visitando Rusia!
Efectivamente, hubo en 1947 en Rusia una misión especial de
Yugoslavia. Al finalizar el acto, un grupo de ellos llegó hasta la
Embajada Argentina. Inmediatamente se le comunicó a
Federico Cantoni que lo esperaba un grupo de uniformados
que hablaban castellano.
"-Usted no se acuerda de mí, pero usted me salvó la vida.
Hoy vengo a agradecérselo personalmente".
Esas fueron las palabras de Joseph Broz, ya convertido en el
Mariscal Tito cuando se encontró frente a frente con
Federico Cantoni 25. Éste no lo reconoció: lo había conocido
con otro nombre y otro aspecto. Pero en cuanto Tito le
dijo que él era el ‘picapedrero de Rivadavia’, rápidamente
Cantoni recordó el caso y se puso muy contento.
La inteligencia rusa, que no se perdía ningún detalle, supo
inmediatamente de este vínculo. Y como siempre sucede -ante un
amigo poderoso-, esmeraron las atenciones a Cantoni.


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Hacedores

Debe haber algo en la geografía de San Juan que permite el
milagro de forjar hacedores, hombres y mujeres capaces de pensar
con mente abierta, sin ceñirse a dogmas cerrados, aunque sí a
objetivos innegociables: que el pueblo de San Juan crezca, se
desarrolle y aporte entonces, al engrandecimiento de la Argentina
toda. Así lo soñó Sarmiento y lo hizo. Así también lo imaginó
Federico Cantoni y lo concretó.. Araceli Bellota

1er Voto Femenino

Domingo Faustino Sarmiento,
valorizó a la mujer como participe del desarrollo de un país. Así
también lo entendio Cantoni completando la obra, en
1927, abriéndoles la puerta del sufragio provincial. Fue también
en esta provincia donde resultó electa la primera diputada de
América Latina, Emar Acosta.. Araceli Bellota

Historico

"Cantoni y el Bloquismo" bien pueden ser considerados como un eslabón clave en el proceso histórico de lo que suele denominarse en la Argentina “pensamiento nacional y popular”. Una suerte de pasaje natural entre el radicalismo y el peronismo naciente, incluso anticipandose al 17 de octubre de 1945 en más de dos décadas, cuando en 1923 presentó su candidatura desde la cárcel, y el pueblo sanjuanino lo rescató, llevándolo desde la celda hasta el mismo sillón de Sarmiento
Araceli Bellota
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