Ursulina Cantoni - 41 El Federico que yo conocí
Se acallaron los revuelos de nuestra llegada de Rusia. Se fueron los parientes italianos. Estábamos en familia... en casa: LA CANTONINA, acunados por la brisa que se escurría entre el follaje de los frondosos árboles plantados por mi madre que, raudamente, entrelazan sus copas con otros más vetustos. Éstos, al igual que lo que queda de la bodeguita de mis abuelos, dan fehaciente testimonio de las horas de amor y dedicación -al trabajo y a la familia- ofrendadas por mis ancestros Cantoni.

Ese rincón era mi mundo. Y como es obvio suponerlo, mi
infancia transcurrió plácidamente, alumbrada por el cariño de mis
padres y por el aura que "se sentía", que "nos cubría" (producto
del abrazo sincero del karma de Don Ángel y Doña Ursulina).
Día a día se fue corriendo el velo de mi niñez, empecé a tener
conocimiento y conciencia: no sólo de mi mundo sino de la
existencia de un mundo exterior, con el cual, tarde o temprano,
había que compartir nuestras vivencias.
Lo primero que advertí, y minuto a minuto se me
manifestaba, era una realidad contundente: yo era la hija de
Federico y Graciela, dos seres que marcaban huella en la sociedad
sanjuanina. Pero lo que más me impactaba, era ser la niña adorada
de un matrimonio que en su adultez, perfilaba su nuevo destino.
Y ese destino... era más cerca de mí.
Es que Dios, en sus planes perfectos, le había otorgado a
Cantoni, en este regreso al terruño -en el que él había arado hondoun
tiempo nuevo. Un tiempo nuevo para compartir en familia...
un horizonte más enmarcado en su pasión agrícola, sin desestimar
jamás el servicio solidario que, en aquel momento, podía expresar
no sólo en política, sino en su profesión de médico.
Por lo tanto, a su regreso de la U.R.S.S., constatando que
sus obras en San Juan eran proyectadas al orden nacional, por el
peronismo -en su primer gobierno- decidió mantener disuelto su
partido, para poder dejarlos actuar libremente. La causa por la
que había luchado tanto tiempo seguía viva, y eso era lo importante.
En esa época sólo fui feliz.
Amanecíamos súper temprano. Mientras el servicio
doméstico -dirigido por mi madre- ponía la casa en movimiento,
nosotros -mi padre y yo-contemplábamos juntos el milagro del
amanecer. Todos los días, porque era un mensaje de vida nueva: el
sol iluminando la aurora, el parloteo incesante de las aves con sus
trinos...
El olor. Ese olor a pasto cubierto de rocío... a yuyos del
campo, a los aromas refinados de las magnolias o de las rosas. De
tantas flores cultivadas por mi madre, de las que se desprendían
aquellas esencias que componían, según mi parecer, la "mejor
fragancia"... la de la naturaleza. También se sumaba el olor del café
recién hecho, de las tostadas crujientes, de las semitas y tortitas –
reemplazadas en invierno por las "sopaipillas" o las tortitas cocidas
al rescoldo de las cenizas calientes-. Era el preludio de la actividad
mañanera, la mejor parte del día, pues mi padre trabajaba en las
fincas, y yo estaba con él.
¡Ah, la seguridad y mansedumbre del hogar!
Empezaba a formarme en las tareas del campo... ¡yo era lo
único que tenía! Niña, mujer, pero su hija.
Que ese ser tan querido y respetado por todos -que sin
proponérselo se destacaba y todos lo consideraban amo y señor...-
¡que él fuera mi papá! ¡que él me considerara y enseñara! ¡que él
preguntara mi opinión! ¡¡¡no se podía creer!!!
Cuando mi padre debía concretar otras actividades (sobre
todo sus continuos viajes a Buenos Aires), no íbamos al campo.
Entonces yo me quedaba en la casa y apreciaba el trajín de lo
doméstico. A media mañana, concluido el aseo, empezaba la acción
en la cocina: ollas que iban... otras que venían... palos de amasar...
la vieja "Pastalinda". Y sobre todo, el parloteo incesante de las
mujeres, se escuchaba in crescendo mientras, a hurtadillas,
disfrutaban de un mate y miraban el reloj... "apuren, apuren que ya
llega el Doctor".
Esa imagen también la viví a la inversa. Es decir, cuando yo
llegaba con "el Doctor". Éramos recibidos como señores feudales
al llegar de una cruzada. Saludos, correteos (para ajustar los
detalles) y las órdenes de mi madre: "Vayan a lavarse y a sentarse a
la mesa".
¡Qué maravilla era entrar en la casa en un día caluroso de
verano y sentir el contraste fresco y agradable de la sala, el comedor
y los dormitorios, oscurecidos "ex profeso" para impedir la entrada
del calor!
¡Qué encantadora sensación: frescura natural! No existía el
aire acondicionado... ¡Nada artificial! ¡Nada como ese ambiente
recoleto que invitaba al descanso!
¡Cómo se comía! "primo la pasta".. "doppo la carne"... "las
ensaladas"... "los postres"... Menú que se ampliaba en ofertas
culinarias cuando había visitas... ¡y siempre había visitas!
Correligionarios, parientes, amigos... ¡¡¡la tertulia era permanente!!!
Fui creciendo en alto y en ancho.
Después... las siestas reparadoras, que insoslayablemente
debía cumplir, pues "las niñas bien no circulan a éstas horas"
 (increpaba mamá). Sin embargo, advertí que en realidad yo
cumplía, pues mi nodriza, en forma tajante y contundente, me
narraba los terribles flagelos que me podían ocurrir: "¿y si viene el
viejo de la bolsa? ¿o si es la pericana?" 27.
Por las hendijas de las ventanas, poco a poco supe la verdad:
las adolescentes que me cuidaban necesitaban esos momentos de
relajo, en los cuales, a la radio y a la novelita, se sumaban el parloteo
incesante -en el patio, bajo las glicinas-, mientras ansiosas
escudriñaban la "pasada" de los muchachos por la calle 14. (Hoy
calle Federico Cantoni).
Y siguiendo con el relato de los pasatiempos de mis "ñañas":
otro trajín era la ida al gallinero. Para esta ¿excursión? cargaban una
botella con un poco de vino dulce -¡el de las visitas!- y ahí mismo
cascaban un par de huevos que hábilmente lograban introducir en
la improvisada coctelera. Después de un "bate que te bate" se
transformaba en un líquido espeso y espumoso que ellas usaban
para el "chupa que te chupa". Después de aquellas ocasiones, se
producían anécdotas más o menos idénticas a este relato. Decía
mamá: "¿por que las veo tan desganadas y somnolientas? ¿no descansaron?"
"Cada día veo más cáscaras de huevo tiradas... ¿será algún zorro mágico
que entra al gallinero y sólo come los huevos? ¡Siquiera fuera un humano
para pillarlo!... Pero la ironía no bastaba para cambiar los hábitos.
Hablando de las cáscaras de huevo, recuerdo que cuando
éstos se consumían "legalmente", las cáscaras se ponían a secar al
sol varios días. Después se molían finamente en el mortero y
debíamos tomar una cucharadita en ayunas todos los días, por el
calcio que contenían. (hoy en día, mi boca lo agradece y acredita
sus resultados).
¡Ah, la naturaleza, qué sabiduría! ¡Cómo mi padre ponía en
práctica para sus enfermos y su familia el uso de sus bondades! El
té de alfalfa para las hemorragias, el "queso de pata" para los débiles
-porque contenía mucho hierro-. El vino tinto para las infecciones,
incluso en proceso de gangrenación... Hay tantos testimonios, que
ameritan otro trabajo, dedicado exclusivamente a "las anécdotas
de Don Fico".
Cuando mis "ñañas" estaban "ocupadas" o cansadas, yo, que
no tenía tregua, me dedicaba a jugar con mis muñecas: varias y
cada una más linda que la otra. Recuerdo mi Negrita Simona, con
sus motitas y su vestido de tafetán cuadriculado; el Bebote Pirulo,
la Rubia Carmela, entre tantos.
Todos regalos que mi padre me hacía. Recuerdo patente el
verlo descender del tren en la estación de Pocito, "llegando desde
Buenos Aires". Siempre cargaba en sus brazos el obsequio
esperado, al que yo divisaba ansiosa durante los minutos eternos
en que se quedaba en el andén saludando, o transmitiendo sus
fuerzas y energías a quienes se agolpaban a su alrededor.
A mis "hijos", yo dedicaba mis afanes culinarios, y para ello
era indispensable renovar mis utensilios de cocina. Se lo pedí a los
Reyes.
¡Qué expectativa! La noche anterior me crucé temprano -
como siempre- a la cama de mis padres, para contener mi
impaciencia en buen resguardo. Quería ver y escuchar a los Magos:
yo me había portado bien y había cumplido con todas las reglas:
escribí la notita de pedido correspondiente, les junté y coloqué
bajo la ventana un puñado de pasto tierno. También un cuenco
con agua, que esperaba junto a mis mejores zapatos -las
"guillerminas" de charol negro-.
Tan cansada estaba por tanto trajín que me volví a dormir.
Sólo supe de mi vida cuando papá, susurrando suavemente, me
decía: "Ursulina, ya pasaron los Magos".
No me olvidaré nunca: me trajeron una batería de cocina de
aluminio igualita a la de mi mamá... no le faltaba nada.
Con ella sí pude preparar mis exquisitos potajes que,
obviamente, tenían que probar mis padres para poder merecer su
aprobación.
Para estos disfrutes, tenía una cómoda mesa y banquitos que
vestían mi casa de muñecas: un hogar sencillo de cañas, fruto de
mi esfuerzo, compartido con mis primos Cibeira -Cacho y
Chiquito- y con mi vecino Tito Olivares. En ella bauticé todos mis
"hijos" con lujos y detalles: cura, apropiadamente vestido...
padrinos solemnes... cotillón ¡y comida!
¡Cómo me gustaba preparar fiestas y atender gente! Esa
costumbre la practiqué hasta una época de mi vida. Después, la
misma vida te enseña que, como en todo, hay que sociabilizar lo
justo y necesario, y no prodigarse tanto.
Al advertir la realidad de esta máxima, seguí mi vida con otro
ritmo. El mismo ritmo que había observado en las conductas de
mis padres. Cuando uno tiene la fortuna de tener padres dignos,
debe recordar sus ejemplos de vida y practicarlos. ¡Nos
ahorraríamos tantos malos ratos!
Don Fico era sociable, pero en forma mesurada. Con sus
múltiples correligionarios, compartía su lucha política. Lo mismo
en el trabajo de su consultorio y en los campos: cada cosa en su
lugar, cada persona en su ámbito.
Con sus amigos también disfrutaba, pero en ocasiones
puntuales. Tenía tanto trabajo... tanta vida interior, que no quedaba
tiempo para distracciones. Era celoso del tiempo: con el propio,
no dejaba un minuto librado a banalidades; con el ajeno, se
molestaba de verlo mal utilizado. Por eso no era amigo de las
partidas de naipes, ni de las ruedas de mate, ni de las trasnochadas
en fiestas. Repetía constantemente que estas situaciones sólo servían
para conversaciones estériles sobre el prójimo.
Le encantaba el yerbeado, pero sentado en la mesa. Lo mismo
que un vinito tinto con la comida. Jamás una bebida blanca o un
licor. Y si había que brindar... "sólo con Sidra Calingasta".
Bueno... pero nunca nada es tan perfecto, y en La Cantonina
existían, muy de vez en cuando, excepciones a esta regla. Por
supuesto, se concretaban cuando él no estaba: recuerdo una vez
que llegaron de visita alguna de mis tías maternas, que no podían
vivir sin la tertulia del mate, brasero de por medio.
Mi madre, para homenajearlas, preparó el gran evento, y se
sentaron a disfrutar de la aventura. Yo corría, jugaba. De pronto,
ingreso a la rueda a decirle algo a mi madre, me tropiezo con el
brasero y apoyo una mano...
Recuerdo el griterío mío y de las Cibeiras mientras me ponían
una pomada. ¿Era verde? Todavía recuerdo a la querida Rusa
amonestándome: "cuidadito con decirle algo a tu papá"... Pero del
dicho al hecho... por supuesto, cuando llegó, se lo conté. Y "chau
Cibeiras". Y "chau brasero".
Hacer, hacer y hacer... esa era la lección incansable y
constante de mi padre-maestro. Tenía que forjar una heredera:
aún mujer, era lo único que tenía. Yo y mi hermana menor.
Sin embargo, también disfrutaba de mis actividades de niña.
Recuerdo nítidamente los baños en el canal de Pocito, costumbre
tan sanjuanina, sobre todo en la zona de los "esteros de Zonda" y
canales. Y si bien no era "lo seguro", no podían negármelo: no
teníamos pileta de natación. Cantoni no me permitía bañarme en
ellas, sólo en aguas "que corrieran". Como siempre había visitas,
no faltaban niños para acompañarme.
Otro pasatiempo divertido era jugar al «pisa pisuela», «la
escondida», al «anillito» o al «saludo y al desprecio». O jugar en lo
que quedó de la casa de mis abuelos: ya no me gustaban las casas
de caña (como la primera, la de mis muñecas), iba creciendo y mis
gustos cambiaban conmigo. Viene a mi memoria una simpática
anécdota. Era pleno verano y vinieron a pasar unos días de
vacaciones en el campo los hijos de otro primo de papá, el Ing.
Lino Cantoni (en el que también Don Fico había influido para
que abandonara la Europa de posguerra y viniera a Argentina a
trabajar). Se establecieron en Campana, donde ocupó la gerencia
de la "Papelera Río Paraná".
Sus hijos -Vittorio, Juan Luis y Silvia- eran contemporáneos
míos, razón suficiente para mezclar nuestra algarabía y que nos
divirtiéramos a lo grande. ¿Quién era la menor, pero capitana del
grupo? ¡Yo!
Una de nuestras correrías tuvo un final poco feliz. Yo sabía
que al altillo de la casa de mi abuela Ursulina, no se podía ni se
debía subir, pues había un grupo de colmenas que, oportunamente,
se usaban para polenizar los cultivos. Yo sabía que no se debía
molestar a las laboriosas abejas... pero bueno... la escalera caracol
tan antigua era tentadora, y además había que entretener a "los
gringuitos", y entonces, los hice subir primero a ellos -eran varonesy
yo me quedé con Silvia... observando.
Nunca supe cómo bajaron, eran un remolino de piernas y
brazos enloquecidos, en una danza frenética, acompañada de un
ruidoso griterío.
Sí supe del susto de ellos y de las madres, del barro con que
untaron sus picaduras (para aplacar el aguijonazo y el edema). Supe
también de las reprimendas a mi osadía.
Eso sí, puedo garantizarles que la "fangoterapia" es muy
efectiva en estos casos, y ya era usada en San Juan medio siglo
antes de su auge actual.
La anécdota fue vengada y, años después, ya muerto mi padre,
me mandaron unos días a Campana para distraerme. Allí, se
cumplió la "vendetta": mis primos eran pescadores aficionados y
una tarde llegaron cargados con dos bolsas repletas, y nos pidieron
vaciarlas para ver la abundante pesca. Casi me causa un infarto:
estaban llenas de anguilas (víboras de río, comunes en la zona del
Litoral, que yo no conocía) y de otros bichos nauseabundos.
Recuerdo la algarabía permanente de mi infancia, la llegada
constante de amigos y correligionarios que iban a saludar. Llegaban
cargados con sus tradiciones culinarias: los jachalleros con sus
tortitas (las de puro huevo, no las modernas); ese dulce de sandía
único, en rodajas verdes y rojas crujientes, almibaradas, que
invitaba la Sra. de Godoy (hoy sólo disfruto el que hace la madre
de una consuegra mía, la querida Rosita Castro).
Y los sabrosos huevos quimbos de las Moyas, y de la Sra. de
Robledal, que llegaba con sus grandes frascos desde Sarmiento, y
que sólo quedaban muestras de ellos... ¡en mis caderas!
Y las viandas de dulces y embutidos que se traían de
Tucunuco... pero de eso hablaré después... Tucunuco es un
capítulo aparte... ¡Cómo lo sigo amando aunque ya no esté!
Muchas visitas, pocas salidas o paseos, a no ser a la ciudad o
a Tucunuco. Por ello me encantaba ir de visitas con mamá, sobre
todo por tradicionales casas sanjuaninas. Ah... la casa de mis
padrinos Miguel y Angélica Bracco, con una tremenda galería en
la que confluían todas las habitaciones; estaba siempre tan
arregladita, y tenían tan bonito el jardín. Además, mi padrino me
llevaba a pasear en el asiento posterior de su "voiturée", con lo
que me sentía la reina del mundo. Mi padre poco compartía estas
visitas, no tenía tiempo, además las cumplimentábamos mientras
él no estaba en casa.
Me encantaban las paqueterías de mi madrina. Tenía el
cabello largo, pero usaba "bananita" como era costumbre de la
época. Me fascinaba su habilidad para enroscar su cabello tan
prolijamente, sujetándolo con sus horquillas. ¡Cómo se graban
estas cosas de la infancia! Resulta increíble cómo yo, años más
tarde, desarrollé idéntica habilidad para hacerme el rodete con
una sola horquilla, cuando al salir de la Normal recibía el consabido
"reto" de la rectora, mientras nos despedía hasta el día siguiente:
"Cantoni... ¡el pelo!" (lo tenía hasta la cintura).
El despertar de mi coquetería y mi pulcritud hacía sonreír a
Cantoni: "eres el fiel reflejo de tu abuela: coqueta, mandona y ordenada
-me decía- debe ser por la sangre irlandesa de los Aimó-Boot".
Supongo que así era, y lo iba acrecentando con la vida. Me
encantaba la fineza de Tina (la tía italiana), la de Blanca (mi tía de
Jáchal) y la de otras señoras conocidas. Jamás juzgué la diferencia
con lo "campechano" de mis padres. Yo era ¡como Doña Ursulina!
Mis padres eran sumamente sencillos, sin farándulas ni
protocolos. Solo recuerdo como «lujo» tener nuestro cadillac con
chofer. Es que a papá no le gustaba manejar pues iba siempre, aún
en auto, leyendo o planificando.
Mi madre sufría para acicalar a su marido y mandarlo
presentable ante tanto compromiso mundano e importante.
Cantoni, era Cantoni, y no sólo se sabía ¡se sentía! Me consta en
tantas anécdotas:
Recuerdo cuando la familia viajaba a Buenos Aires.
Generalmente lo hacíamos en dos camarotes de tren. Allí, los que
iban subiendo en las distintas provincias, al encontrarlo en el vagón
comedor, lo miraban y, al reconocerlo, se acercaban a saludarlo y
a presentarle sus respetos. Sin duda se trataba de gente con acceso
a la prensa, y por ello lo conocían. Pero... ¿cuándo íbamos en auto
y parábamos a comer donde había más camioneros, porque seguro
allí daban buena comida? Esa gente, ruda e itinerante, del interior
del país, no lo conocía. Pero él entraba y se "sentía", como un
imán atraía la mirada y provocaba el silencio. ¿Karma?
Al llegar a Buenos Aires siempre nos instalábamos en el
"Castelar Hotel" -nuestra casa en la city porteña-. Rápidamente, la
administración del hotel disponía y "cerraba" alguno de sus salones,
para las reuniones de Cantoni. Se juntaba con múltiples personajes
de la vida nacional: políticos, periodistas, hombres de ciencia,
amigos.
Recuerdo verlos sentados mirando atentamente a su
interlocutor, escuchando en silencio y con grandes señales de
respeto. Federico era alto, robusto, con sus bigotes imponentes...
era pintón. Pero fundamentalmente era un gran y ameno
conversador. Inteligente, culto, sagaz, intuitivo, franco, con una
mirada penetrante, además, lo enmarcaban su aura y su carisma.
¡Qué contraste! De verlo con sus olivos, con sus bombachas
de campo, con su cortaplumas, con su infaltable "casco" para
protegerlo del sol. Qué diferente parecía este hombre al de las
noches sencillas de Pocito, rodeado de amigotes y correligionarios
que compartían nuestra mesa. Aquellas noches frías junto a la
estufa, teniéndome siempre en su falda mientras escuchaban las
noticias nacionales. Yo no entendía nada, pero lo mismo estaba. Y
aunque sea, escuchaba los cimbronazos que se producían en el
sótano cada vez que pasaba un auto.
De las tertulias políticas sanjuaninas a las de Buenos Aires,
había una gran diferencia.
En la metrópoli, mi padre no me permitía estar presente,
pero yo lo "bichaba" entre los espejos del salón. Con traje y corbata,
eso sí, siempre corrida a un costado, y con sombrero formal. Allí
sólo compartíamos en familia algunos de los tantos agasajos que
se le ofrecían. Cuando visitábamos al Doctor Alejandro Orfila en
su departamento o en su casa de Don Torcuato. Me encantaba ir
al petit-hotel de Leopoldo Melo en Palermo Chico (recuerdo a su
esposa, muy "piripitifláutica", y su colección de abanicos). También
disfrutaba las idas a las estancias, como las de Martínez de Hoz,
Blaquier, o a la de Gesell. Todos oligarcas, pero amigos, unidos
entre sí por la pasión por el campo.
Sin embargo, debo confesar que en Buenos Aires lo perdía...
me lo robaban. No podía compartir todo con él y eso me enfadaba.
Cuando empezó a gustarme, llegó la escuela, y ya no podía yo
ausentarme de San Juan por tanto tiempo.
Mi primer experiencia escolar fue en el Jardín de Infantes
Yanzón (iba tiesa con mi guardapolvo rosadito almidonado, y con
capelina al tono). Debo haber parecido una granada antes de
madurar, pero todos estaban encantados, y yo me lo creía. Por
supuesto, primer grado lo cursé en la Escuela Normal Sarmiento,
con la querida Julieta Sarmiento, la "maestra" que marcó una época
sanjuanina. Sin falsa modestia debo decir que siempre fui una
excelente alumna, lo que enorgullecía profundamente a mis padres
-lástima que Cantoni no presenció cuando todos los días portaba
la Bandera Nacional como el mejor promedio de 1º, 2º y 3º año
del Colegio Secundario-.
Siguiendo con la infancia, al terminar el primer Grado, las
autoridades de la escuela sugirieron que rindiera Primero Superior
libre -Segundo Grado de hoy- y pasara al próximo. Yo supongo
que esto no era tanto mérito de mi "brillantez". Se me ocurre que
la idea de un grado superior involucraba más obligaciones, y dejaría
así de molestar o de seguir liderando el curso.
Así fue como al año siguiente me encontré en otro grado,
rodeada de compañeros mayores, con los cuales -como buena
agrandada- me llevaba estupendo. La escolaridad nos cambió la
vida. A mí, en "chau muñecas y chau brebajes". A mi madre y a mi
padre, con el cambio de horarios: había que llevarme y traerme de
la ciudad todos los días.
Para completar mi formación y aprovechando el viajecito,
también asistía a clases de piano, con la Señorita Esther Maggio -
del conservatorio Chopin-. La profesora era tía del Arq. Pineda,
quien generalmente, tenía que cumplir la responsabilidad de
subirme alzada al taburete.
También asistía a clases de Danzas Españolas con la Srta.
Fernández y Recitación con la célebre Nilda Suizer.
De piano me recibí a los 15 años, en un concierto que el
Conservatorio brindó en la Universidad de La Plata, en el que
participaron varios alumnos de todo el país. De San Juan se
destacaron Valois Martínez Colombres, que ganó una Medalla de
Plata, y su hermana. Yo gané el honor de lucirme tocando "El
Revolucionario" de Chopin, que hasta hoy, es mi tema favorito,
pero sólo para escucharlo.
Estaba tan herida con la muerte de mi padre, que después
de cumplir con "mi obligación", cerré el piano y no toqué más.
Torpe y caprichosa... ¿qué conseguí? Nada, perder tantos
años de estudio y la excelente digitación que tenía. Hoy me
avergüenza no tocar a ese nivel, pero me quedó el aprendizaje de
que no se gana nada con revelarse, que hay que seguir en la lucha
para no perder lo que uno ha alcanzado.
Se alteró tanto el ritmo de la casa, que para todos se acabó el
"oasis" de la siesta. Almorzábamos temprano y partíamos: Papá,
yo, el chofer e Idalina (siempre ella estuvo a mi lado, tenía el
compromiso de cuidar la "joyita" de la casa, mientras mi madre
permanecía cuidando a mi hermana). Al estilo de una "chaperona",
al salir de la escuela -mientras papá atendía su consultorio- Idalina
me acompañaba en mi itinerario. La primera posta era en la ex
"Reforma". Si bien el edificio donde funcionó el diario estaba
cerrado, en el jardín continuo, donde estuvo la casa de mis abuelos,
destruida por el incendio del 36, se había construido una sencilla
casita que albergó al único tío materno mío: José "Pepe" Cibeira, y
a su familia. Así, su esposa, la querida "Ñata" y su hija Betty, eran
dos más que se sumaban a la corte de los que me consentían. Desde
ahí cumplimentábamos el recorrido de profesoras.
Al anochecer, terminado el consultorio, papá pasaba a
buscarnos por la casa de mis tíos y regresábamos. Después de cenar,
se me ocurría practicar el piano. Para ver mejor, y un poco por
capricho mío, teníamos la ceremonia de prender las velas, que
asomaban de los candelabros del piano, que mi padre consiguió
comprar, junto a una antiquísima colección de partituras. Ese piano
-que aún conservo- había pertenecido a la Sra. Rosa Storni de
Caputo. En él había practicado nada más y nada menos que
Alfonsina Storni, emparentada con ella. Es una de las joyas que
me regaló papá.
Ante la nueva rutina de ir al centro en la siesta, se sentían
rezongos en la casa. Los de mi madre y los míos, por la siesta; pero
jamás de mi padre, ningún sacrificio era mucho para educar a la
nena. Claro que yo lo compensaba, pues al centro partíamos y
volvíamos abrazándonos muy fuerte. Es que yo siempre estaba
entre el chofer y él. Me abrazaba, y yo le daba múltiples besos
tocándole suavemente el "hoyito" que tenía justito donde termina
la frente... apenas cubierto por la frondosa melena que lo
acompañó siempre. Es que yo no podía creerlo... era el hueco que
le quedó al extraerle la bala con la que fue herido mortalmente en
la revolución del 34, atentado en el que, como sabemos, salvó
milagrosamente, su vida.
Así, poco a poco, fui metiéndome en la Historia. Ante hechos
contundentes, y por medio de la curiosidad que me impulsaba a
preguntar constantemente a mis padres: ¿por qué? Poco hablaba
Cantoni de sí mismo, ni de su obra, ni de sus luchas, ni siquiera de
sus enemigos. Sólo si uno preguntaba algo muy preciso -pero no
olviden que las preguntas mías eran las de una niña- o también
cuando debía señalizar, didácticamente, algún hecho de otros
personajes de la historia sanjuanina.
Obviamente, lo primero que consiguió incorporarme, fue la
figura de SARMIENTO. Cantoni era un gran admirador de este
batallador visionario. Además, todos los días, por una u otra razón,
pasábamos por su casa y en más de una ocasión la visitamos. Yo
iba a la Escuela Normal SARMIENTO, mi maestra era Julieta
SARMIENTO, y si llevábamos flores a la tumba de mis abuelos,
en el cementerio, visitábamos la de los padres de SARMIENTO.
Siempre lo vi leer a Domingo Faustino Sarmiento. Siempre
fue uno de sus faros.
Volver a casa era todo un aprendizaje: si volvíamos por la
calle Aberastain, había que pasar por lo de Doña Paz Peña Zapata.
"Recordá siempre Ursulina, que ella fue la Primera Jueza de Paz de la
Provincia", me decía mi padre.
Otro punto, era la tumba de Antonino Aberastain, sobre la
calle "Mendoza Vieja". Cierto día, hasta nos bajamos en el pequeño
obelisco que señaliza el lugar donde mataron al prócer.
"-Papá, ¿por qué es tan importante?"
"-Ya lo entenderás, hija, ya lo sabrás".
Él sabía que no era el tiempo todavía. Yo era una niña como
para impregnarme de política o de historia. Ese tiempo, el de mi
participación política, no pudimos compartirlo. ¡Ni siquiera pudimos
compartir mi regalo de cumpleaños número doce! (Llegó a un mes de
fallecer, antes del 30 de agosto. Lo había comprado en Buenos Aires,
y desde ahí llegaba por expreso: era la Historia Argentina de Ricardo
Levene -autografiada por mi padre-). Esa etapa de verme madurar -
física y mentalmente- no la compartimos. Pero compartimos tanto...
Creo que ha llegado el momento de reflexionar junto a
ustedes otra faceta desconocida de Cantoni, una incógnita sobre
la que todos siempre han opinado de oído: ¿Era creyente Don
Fico?
Cantoni era creyente. Nada en él podía manifestar lo
contrario. Pero, coherente con su conducta cotidiana, no usaba la
religión como bandera, no declamaba su Fe, ni presumía de ella.
No se golpeaba el pecho como los fariseos, pero pensaba y actuaba
según sus convicciones cristianas, porque "el árbol se conoce por
sus frutos" (Mt. 12, 33).
Tampoco era anticlerical.
Coincido con Susana Ramella: "... Cantoni era político primero
que nada. El enfrentamiento con la Iglesia no era tal (...) Las relaciones
con la Iglesia de San Juan fueron cordiales..." "... A los conservadores, les
era imposible comprender cómo el Arzobispo de Cuyo, José Américo Orzali,
simpatizaba con el bloquismo, más aún cuando este Partido -en su
pragmatismo- manifestaba abiertamente su laicismo..." "... Sin embargo,
al analizar la obra de verdadera, real y efectiva protección, cuidado y
consuelo hacia los humildes, realizadas por el Pastor, se encuentra la
respuesta. Pues el Bloquismo realizaba una efectiva obra al respecto -
aunque por caminos diferentes al Obispo-, elevaba también la condición
de los humildes..."
A las pruebas me remito. Ya hemos dicho que Cantoni,
conocedor de la valía de los tiempos humanos, usaba el suyo para
cumplir el métièr del catolicismo: servir al prójimo.
Y lo expresaba conteste a su personalidad, en acciones
concretas, y no sólo cumpliendo las rutinas impuestas -no por Dios,
sino por los hombres.
¿A qué hora ir a misa, si atendía hasta medianoche?
¿Y en los fines de semana, mientras labraba sus campos, en
donde no se oficiaba la Santa Misa?
Pero no tenía inconvenientes en asistir. Tengo tantos
testimonios de su fe, en tantos aspectos...
En Semana Santa no se escuchaba ni la radio en casa. No se
cantaba... Se cumplía la tradición del luto, la oración y la vigilia. Se
suspendía todo tipo de esparcimiento, aún el tejido a dos agujas
que siempre acompañaba a mi madre (La recuerdo conversando y
tejiendo, sin mirar la prenda28, con su dedo índice levantado, con
el que sostenía la hebra que tejía. Así confeccionaba diversas
prendas para la familia, o para los niños de Jáchal y Tucunuco).
También se cumplimentaba la penitencia en la restricción de
la comida ¡¡¡y eso sí era tamaño desafío para mi familia!!!
Vienen a mi memoria la entrega y el respeto de mi papá
cuando asistíamos a alguna festividad religiosa en el interior de la
provincia. Igualmente lo avizoro orando, en las misas que hacía
celebrar para mis abuelos, a las que yo, indefectiblemente, tenía
que ir con sombrerito y guantes.
Para qué decir del esmero y compromiso de mis padres con
la construcción de la Iglesia de Tucunuco ¡Y cómo buscábamos
en Semana Santa, con los peones de la estancia, a la Virgencita
que, cuenta la anécdota, estaba enterrada en las zonas aledañas!29.
Nunca dejó de compartir junto a nosotros la Fiesta de la
Patrona, la Virgen de Andacollo, tan venerada por los peones -la
mayoría chilenos-; menos aún la celebración de San Cayetano.
En homenaje a aquellas tradiciones, junto a mi familia,
hoy en día, continuamos y cumplimos con la misma
devoción. Claro que debemos peregrinar a Chile, al
auténtico Andacollo. Del culto en Tucunuco no quedó
en pie más que la Iglesia, un testigo vaciado, pues no están
ni las imágenes de los Santos tan queridos.
Por una sana previsión, ante la expropiación de Tucunuco
y la realidad de que se instalaba una colonia de
Montoneros, mi madre decidió actuar. Se constituyó ante
los nuevos colonos y los persuadió de entregárselas. Hoy,
el altar y las imágenes de Tucunuco, están en el ala derecha
de la Parroquia de Jáchal, a la que fueron donados.
Otro testimonio de fe, fue la importancia y trascendencia
con la que mi familia asumió mi preparación para recibir el
Sacramento de la Eucaristía. Cantoni decidió que a nuestra apretada
agenda vespertina, se agregaran lecciones semanales de catequesis,
pero en algún Colegio religioso. Entendía que los maestros mas
idóneos serían aquellos que han ofrendado su vida al Señor. Y
qué mejor que el humilde hogar de las "Rosarinas", congregación
fundada por su amigo Monseñor Orzali.
Aquí en Rawson (Capitán Lazo) funciona una de sus casas:
un colegio para instruir y formar en tareas domésticas o agrícolas
a las humildes jóvenes de la zona. Las preparaban para ganarse
dignamente su sustento y fundamentalmente, como lo advertí
después, para sacarlas de los peligros de la calle y de la
prostitución.
Allí me dejaba el chofer dos veces a la semana, un par de
horas. Las hermanitas, cariñosas pero firmes, me prepararon
rigurosamente, alternando con breves "descansos". Me sentaban
junto a los grupos de bordado a mano para que aprendiera las
labores de aguja y compartiera con las discípulas (fue la primera y
última vez que usé una aguja).
 "Así -decía mi papá- verás que hay otras realidades, otras vidas
signadas por el sacrificio. Aprenderás a valorar lo que tienes y a no sólo
pensar en ti misma, sino en ayudar a aquellos que sí lo necesitan".
Cada vez que íbamos a mis clases de catequesis, papá les
llevaba el baúl del auto cargado con vituallas: leñas, frutas, carne.
Despojaba la heladera de mi madre, y recién partíamos (testimonio
de su caridad y generosidad de siempre).
Y así, después del tiempo estipulado, llegó el momento
ansiado de mi Primera Comunión. La festividad y sus preparativos
estuvieron a cargo de mi madre.
El lugar elegido fue la Iglesia de María Auxiliadora, del
Convento de Don Bosco, regido por la Congregación de los
Salesianos, otro grupo de sacerdotes asistido por mi padre en salud
y otros menesteres.
Sin lugar a dudas, esta ceremonia fue la más trascendente
que compartí con papá.
Entré sola, con un vestido mandado a hacer en Italia, todo
con vuelos superpuestos, íntegramente bordados a mano, y con
un largo tul que me cubría el rostro. Me escoltaron mis padres y
mi hermanita Graciela. Yo caminaba imbuida en la solemnidad
del acto trascendente que iba a concretar -las Hermanitas Angélica
y María del Carmen me habían catequizado durante dos años-.
Como en un casamiento, en el centro del altar, estaba mi
reclinatorio solito, todo forrado en tafetán blanco. Atrás, a la
derecha, y en otros reclinatorios similares, mis padres y mi hermana.
El templo desbordaba de flores y de invitados. Llegaron hasta los
Cantoni radicados en México: Gioconda Cantoni de Carnevale,
prima de papá, reconocida y afamada arquitecta, responsable de
la construcción de la casa del célebre pintor Diego Rivera.
Luego, la fiesta, en La Cantonina. Por años se comentaron
sus pormenores. Siempre me ilusionó la fantasía de que él me vio
como una novia, y que me acompañó como no pudo hacerlo en
mi verdadera boda. ¡Tengo tantos acontecimientos grabados en
mi corazón, y la mayoría como este, unidos a la práctica de la Fe y
a las conmemoraciones de "la nena"!
Cada cumpleaños mío era una reunión social, a la que se
invitaba inclusive a mi maestra y compañeros con sus padres:
vivíamos lejos... en el campo (mejor dicho, siempre estoy en el
campo: Cantoni cinceló en mí el amor por la naturaleza). Y por
supuesto, estaban los familiares, correligionarios y amigos.
Infaltable, se sumaba mi querido Monseñor Martínez Seara.
Sacerdote de origen cubano, llegado a San Juan después de
comenzar la Revolución. Mamá lo conocía desde Jáchal, donde
fue destinado como párroco, y según contaba... "era tan, pero tan
buen mozo, que las chinitas hacíamos cola para confesarnos". Por
supuesto que era amigo de Cantoni, y frecuentaba a la familia. El
fue quien me bautizó a mí... a mis hijos... y a mis nietos...
Cuentan que solía pasar a saludarnos a vuelo rasante,
piloteando su propia avioneta (era hombre de fortuna personal y
había logrado sacar algo de su país). Entretenido, sagaz, oportuno,
hasta el día de su muerte ocupó un lugar preponderante en mi
vida: casamientos, bendiciones, almuerzos y cenas amablemente
compartidos. Recuerdo con deleite sus obsequios: desde las pulgas
amaestradas traídas desde Europa, hasta las reliquias de Santa
Gema. Todo dejó una impronta en mi existencia. Falleció cuando
yo estaba de viaje. Quise comprar su escritorio (me fascinaba por
sus múltiples compartimentos y escondites). Quería tener algo suyo
que me acompañara... pero ya lo habían vendido.
Las navidades eran un momento muy importante, como lo
son aún hoy en nuestra vida. Siempre las celebrábamos en Pocito,
en casa. Se trabajaba afanosamente en la decoración, invitaciones,
y fundamentalmente en la preparación de los manjares. Desde varios
meses atrás se "cebaban" los pavos con nueces, después -llegado el
momento- una vez faenados, se rellenaban con manzanas
empapadas de Calvado Calingasta. Los chivos para asar llegaban
de Tucunuco. Las ensaladas eran creación renovada año a año: de
repollo con granadas, de naranjas con aceitunas negras, en fin...
Había un "ritual" que seguir, y se cumplía fehacientemente.
Los postres eran, sin dudarlo, los tradicionales de la cocina
criolla: ambrosía, huevos quimbos, tabletas, flanes...
Los panes dulces del ex Molino de Buenos Aires, eran
enviados a casa, una tradición que se cumplía año tras año. Pero lo
más destacado era, sin duda, el Cedro Azul cargado de regalos.
"La noche vieja" del 31 de diciembre -en la que despedíamos
el año y esperábamos el inicio del siguiente- siempre era en lo de
Aldo Cantoni.
Rosalina era una anfitriona complaciente y nos esperaba en el
Chalet de Desamparados o en la Finca de Calingasta. Siempre preparaba
la mesa magnánimamente, también los pinos con botitas de regalo. Las
comidas eran más sencillas. Escucho todavía a mi tío Aldo diciendo "ya
sabes, Graciela, acá no están tus manjares, pero te los reemplazaré por excelentes
vinos de mi ‘Cava’ -que ocupaba todo el sótano de su chalet-".
Cuando el festejo era en Calingasta, más me gustaba... eran
dos o tres días de paseo en que nos hospedábamos en el hotel de
Aldo, justo al lado de la casona familiar.
Ellos nos recibían el 31, y nosotros les retribuíamos
esperándolos el primero en el hotel, corriendo esta vez, el agasajo
por nuestra cuenta.
Mis primos hermanos son casi 20 años mayores que yo. La
mayoría solteros, eran muy apegados a su madre, y junto a ella,
formaban un grupo musical muy entretenido: Poroto (Osiris)
tocaba el xilofón; el acordeón era el lucimiento del Gringo (Apolo);
Piqui (Adonis) se defendía con su guitarra y Rosalina los dirigía,
acompañándolos con el piano y con la voz.
Además, los hermanos Cantoni, hijos de Aldo, eran
sumamente divertidos, buenos bailarines, buenos mozos y
querendones. Pensar las ironías de la vida: hacían de lo social su
"métier" de cada día, pero en la adultez se volvieron verdaderos
ermitaños... ¿O será una evasión para vivir sus vidas libremente, y
no como lo imponen las generales de la ley? Yo esto lo entiendo, y
hasta lo practico, pero el anonimato TOTAL no lo comparto...
¡¡¡Los extraño tanto, y no se dejan ver nunca!!!
Carnaval en su hotel o en su casa de Calingasta... era
inolvidable. Tengo una imagen muy vívida de una tarde, en que al
terminar la siesta, mamá y Rosalina sorprendieron a los varones
con baldazos de agua y a manguerazos. Triunfantes, se reían y...
parecía que allí había terminado el episodio. Los hermanos Cantoni
lo aguantaron amablemente -pienso que por el factor sorpresa y
por la falta de elementos para responder al embate-pero las señoras,
abusivas, seguían con la "chaya". Y claro... se hartaron. Papá se
levantó displicentemente, se acercó a mi madre, la tomó de un
brazo, y sin perder su sonrisa inclinó su ruluda cabeza bajo la bomba
de agua, sosteniéndola con una mano, mientras con la otra
bombeaba con garras y fuerzas. La chaya terminó en esos instantes.
Todo continuó con muy buena onda, más aún cuando
tuvimos la "necesidad" de quedarnos dos días más, pues el puente
que comunica Calingasta con San Juan se había cortado -por la
gran creciente del río-.
Aldo amaba su tierra calingastina, y allí se refugió después de
las contiendas políticas.
Se volcó a la naturaleza, igual que su hermano Federico. Cada
uno en su heredad. Pero si bien eran buenos hermanos, si bien
Aldo siguió y apoyó a Federico en sus luchas por San Juan, la
realidad es que eran sumamente diferentes.
Paradójicamente, Aldo -el "Socialista"- era el acicalado y
distinguido, preocupado y ocupado por el bien vestir, por su léxico
y pulcritud. Era el bailarín incansable, simpático, galante, el que
lucía sus chalet, su moto y sus autos. El deportista, el sibarita, el
gran sommelier.
Sumamente ordenado, se ocupaba a pie juntillas de sus
emprendimientos y negocios. Fue un gran empresario y un astuto
administrador. Sin lugar a dudas, fue el gran impulsor en mejorar
y obtener nuevas variedades de manzanas. Además logró cerrar el
ciclo de aprovechamiento de dicha fruta: abastecía el mercado
argentino en fresco, elaboraba una reconocida Sidra que llevaba
el nombre de sus tierras, además del famoso Calvado Calingasta,
cuyo reconocimiento trascendió las fronteras de la provincia. Su
empresa era la "Frutícola de San Juan". En el edificio donde
funcionó, se encuentran emplazadas hoy las oficinas de la empresa
Taranto.
Supo disfrutar de las bondades de la vida, mientras que
Federico le entregó la suya al pueblo de San Juan.
Estaba en las antípodas de mi padre. ¡Querido Tío! Poco
tiempo pudimos disfrutarlo: falleció muy joven, el 18 de septiembre
1948. Yo tenía 5 años recién cumplidos. Pero recuerdo la multitud
agolpada en los jardines de su casa... Caras tristes... Llantos...
Comentarios... "No se cuidaba..." "Se despidió en su Hotel de Calingasta
comiendo opíparamente y avisó que lo esperaran que llegaba mal..." "Y
se vino desde allá..." "Miren cómo llegó..." "Se está muriendo...".
Papá y mamá estuvieron junto a su lecho de enfermo,
acompañándolo y dándole coraje a mis primos. Rosalina no lo
podía resistir. Sin embargo él hablaba y se despedía de ella.
Todo esto lo contaron mis padres. Yo sólo podía mirar entre
los cristales. Ante tanto dolor y vacío, sus hijos se apegaron a mi
padre y no se despegaron de él hasta que emitió su último aliento.
A ellos iba dirigida la esperanza del futuro partidario, a ellos el
aprendizaje político que impartía Federico. Ellos eran adultos, yo
no.
Pero... son gente buena, confiada y poco tenaz... no
soportaron los vaivenes y desgarrones de la lucha entablada ante
la vacancia política de mi padre, y quedaron en el camino.
Yo lo he vivido, años después. No se puede pelear con
"pelícanos": si no te "embuchan", te "escupen".
Recuerdo perfectamente también a Elio Cantoni -aunque
también falleció muy joven-. Científico estudioso, concentrado en
la búsqueda de la cura de algunos tipos de cánceres, parco, callado,
más menudo que sus hermanos mayores, muy apacible.
Lamentablemente, después del cimbronazo de Guañizuil no
tuvimos un contacto tan asiduo... Se dañaron los cimientos
afectivos. Además, esto nos provocó una gran crisis económica.
De la maravillosa estancia sólo recibimos la mitad de un
mausoleo que se construyó para don Ángel y doña Ursulina. Aún
hoy es un bien compartido entre ambas familias, y allí siguen
descansando mis abuelos. Mamá, siempre atenta a los detalles y a
preservar los afectos, hizo construir un nuevo mausoleo para mi
padre, en el que hoy lo acompaña.
Debo reconocer que delante de mí o en la intimidad en
familia, mis padres jamás hablaron del tema. ¡Qué dignidad! Por
eso, Gracielita y yo solíamos frecuentar con toda tranquilidad la
casona de la calle Laprida donde Elio vivía con su esposa, Rosa
Ena Rocco, y su único hijo, Angelito; trabajando en su laboratorio
y cuidando de sus jaulas con pájaros y faisanes.
Me fascinaba conocer qué hacía en su laboratorio, y
pretendía entenderlo. Yo quería saber y por eso me aguantaba los
inmundos ratoncillos blancos, que compartiendo su tarea, eran
sus conejillos de Indias.
Fue llamado por la Presidencia de la Nación para que asistiera
a Evita, pero el destino le truncó esta posibilidad. Falleció
intempestivamente el 13 de noviembre de 1951. Cosas de la vida...
en pleno y efectivo distanciamiento, papá fue llamado de urgencia al
lecho de su hermano moribundo, afectado de tétanos, contraído a
través de una pequeña herida producida por un clavo de sus jaulas.
Federico nada pudo hacer para salvarlo. Yo lo vi en su
desesperación, mecer su cuerpo contra el suyo hablándole: "Elio,
cómo es posible, vos, un médico eminente...".
Días después de la muerte, papá le rogó a su hijo Angelito, que ya
era médico, que continuaran en conjunto las investigaciones inconclusas
de Elio. A lo cual se negó rotundamente, sin lugar a duda en la intención
y propósito de continuarlas el mismo. Lamentablemente, esto no se
concretó, y dicho hecho agudizó el alejamiento familiar.
Sin embargo, Dios permitió que se revirtiera esta circunstancia
y que compartiéramos, años más tarde, un acercamiento fluido con
Angelito y su esposa Eva Ponce, una mujer sumamente prudente y
bella (aún hoy lo sigue siendo).
Traducción carta de don Elio:
Querido Federico:
A pesar de no tener noticias después de tu salida de Estocolmo a Francia, espero
que estes bien de salud, conjuntamente con los tuyos.
Yo estoy muy atareado en terminar el tratamiento del cáncer; que te daré la
grata noticia que se cura.
El gobierno me dió una sala con diez camas, para que ensaye mi tratamineto y
a pesar de llevar apenas nueve días los enfermos estan mejor.
Como opinabamos, el cáncer es una enfermedad por carencia. Creo que a fin de
mes, estará listo el trabajo y lo publicaré, y te mandaré a vos una monografia para que
opines.
Mucho me hubiera gustado que estuvieras aquí, para que vieras a los enfermos
y opines.
Dale saludo a todos de parte de Rosa y mio y recibe saludos de Rosa y un abrazo
de tu hermano.
Elio
Francisco Canaro y Federico Cantoni, rodeado por sobrinos y amigos.
¡¡¡Recuerdo las fiestas de los Sancassani, que duraban mínimo
tres días!!! Nosotros íbamos solamente a la comida principal, y
apenas terminada la sobremesa, partíamos... antes de que
empezaran las guitarras, y los bailarines -que eran muchos y muy
buenos, y no había que desairar-. Ya lo saben, mi padre no se
permitía demasiado tiempo para el relajo o el ocio.
Cuando vino Francisco Canaro con su gran orquesta, no
nos quedó otra alternativa que concurrir. Canaro comprometió a
Cantoni en honor a una vieja amistad que los unía. Compartimos
una linda tertulia en nuestra mesa. Yo recuerdo dos cosas: la música,
que me encantó, y la simpatía del maestro, que hasta amenizaba la
charla. Recuerdo aquello de: "¿qué le parece Doctor Cantoni el lujo
que nos damos? ¡No todo el mundo puede grabar las iniciales de su nombre
en todas las canillas de todos los baños y cocinas...!" (Francisco Canaro
- Federico Cantoni - Frío / Caliente).
Sinceramente, en San Juan, de actos públicos o festivos, salvo
los políticos, fiestas de familia y amigos, no recuerdo mucho más.
Sí íbamos a otros espectáculos, cuando estábamos en Buenos
Aires, principalmente al Colón.
Otra faceta desconocida de mi padre. Es que él no necesitaba
mostrarse de tal o cual manera, para demostrar quién era. ¡Era!
Se podía vestir y expresar campechanamente, para
pragmáticamente, comunicar sus ideales de lucha, a quienes lo
escuchaban y en cualquier circunstancia. También disfrutaba
compartir las labores del campo, de igual a igual con la peonada.
Mas su cultura era una constante. Esa cultura que se manifestaba
en los aspectos más sencillos de su vida: su conversación cotidiana,
la elección de sus lecturas, la música clásica y el culto por la buena
cocina. De esa cultura quedó claro testimonio en lo avanzado de
sus obras.
Cada vez que llegábamos a Buenos Aires, asistíamos al palco
reservado en el Colón. Las estadías eran generalmente de varios
días, no nos olvidemos que los transportes eran otros, porque los
tiempos eran otros. Después de compartir alguna velada nos
invitaba a "La Cabaña" (parrillada de lujo por excelencia) y/o a
disfrutar un buen puchero en "El Tropezón" (lamentablemente,
hoy no existe).
Lo disfrutábamos en familia.
Yo no concurría si iban a algún otro evento, como al Teatro,
a ver obras de cartelera. Las pocas veces que mi madre lo convencía
de hacerlo, volvía frustrada por el seguro papelón: papá se dormía
y, plácidamente, roncaba. En cierta oportunidad en que salieron
con Aldo y Rosalina, sucedió que ambas señoras tuvieron que
cambiarse subrepticiamente de butaca, para no escracharse con el
coro de ronquidos.
Éramos muy unidos con los Cantoni-Plaza. Yo quería mucho
a mis primos mayores, que portaban esos nombres griegos y
egipcios -Hermes, Osiris, Apolo, Adonis y Temis-, ocurrencia de
Rosalina, que siempre fue muy audaz y decidida para su época.
(Inclusive, quiso el destino que le tocara ser la poseedora del
documento nº 1, con el que se registraba a las flamantes votantes
sanjuaninas). Lamento que mi diferencia de edad con los hermanos
Cantoni fuese tanta. Si hasta Temis, la menor, era ya mujer
comprometida para casarse, y yo era una nena.
Mis padres disfrutaban tanto como nosotras las salidas al
campo. Más no solamente a nuestras propiedades, sino recorriendo
diferentes lugares de la provincia y del país. Nos encantaba ir a
Pismanta para disfrutar de las aguas termales, o también éramos
habitué de las Termas Centenario, que si bien es una construcción
sencilla de adobe, las habitaciones eran sumamente confortables,
con piletas individuales amplísimas. Además, la cocina casera era
excelente y por si fuera poco, "cerraban" el hospedaje para la
familia.
Allí comí por primera vez conejo y me ofrecieron de postre
"huevos fritos" (mitades de durazno al natural con crema chantilly)
¡Qué placeres, tan sencillos y agradables!
Cada vez que íbamos a Iglesia, "a las termas", pasábamos
por nuestra finquita en Las Flores y visitábamos a las familias
bloquistas. No me olvido de los Pinto, de los Reverendo, de los
Deguer... y de las viejitas que vivían cerquita de Pinto, cuyo loro
les gritaba al oír la voz de mi padre: "carajo mujeres, viene Cantoni y
no tienen nada listo"... y seguía rezando fragmentos del Santo Rosario
intercalados con unos "Ave María, sin pecado concebida".
Alternábamos con excursiones nacionales. Íbamos
frecuentemente a las sierras de San Luis, que encantaban a mis padres.
Allí visitábamos amigos. Recuerdo especialmente cuando papá,
por fin, pudo darse un tiempo en su apretada agenda y llegamos,
cargados de estacas de olivos en donación, a la escuelita de San
Francisco del Monte, (donde enseñó por primera vez, y a los 15
años, Domingo Faustino Sarmiento).
La Rioja era un clásico, recorríamos todos sus pueblitos:
Sañogasta, Añogasta, Tinogasta. En realidad, chanceaba papá, "los
únicos que gastan aquí son los turistas". No olvido en Villa Unión,
el solar de Joaquín V. González. Sin lugar a dudas, a medida que
avanza mi relato, ustedes comprobarán que tengo varios genes
Cantoni, entre ellos el "gitanismo turístico", herencia atávica
familiar.
Pero lo mejor de todo ¡¡¡el mes que tomábamos de vacaciones
en Villa Gesell!!! A todos nos encantaba el mar, y el destino era
invariablemente el mismo. Es que Cantoni era muy amigo del señor
Gesell, fundador de la Villa (visionario alemán que fijó los medanos
de la zona con pinos y cipreses, convirtiendo este rincón de la
patria en un oasis vacacional. Por ello, la villa lleva su nombre).
Fue justamente Gesell quien le obsequió y le envió a papá
cientos de almácigos de estas variedades, para que forestara la plaza
de Tucunuco.
Además, hace tantos años, la villa ¡era más campo que ciudad!
Mayor atractivo aún, pues nosotros no éramos partidarios de las
grandes urbes... menos para vacacionar.
Igualito que ahora. Siempre me pasa igual. Es que con los
genes no se puede luchar.
Alquilábamos casitas a orilla del mar.
¡Ah, disfrutar los baños en el océano y las comilonas de
mariscos... eran lo más! Pero Cantoni no podía estar quieto, lo
que se dice descansar ¡nada! Hoy íbamos al "vivero de Fulano",
mañana a la "estancia de Sutano", o a recorrer las playas aledañas.
En pocas y contadas ocasiones -como para cumplir con la
conciencia- una vuelta por Mar del Plata para corroborar su
crecimiento. Esto sin contar las múltiples paradas en cualquier
parque, plaza o grupo de árboles -incluso a la vera del caminopara
juntar semillas y luego reproducirlas. Era el recuerdo obligado
de cada uno de los paseos.
Y si no... ¡juntábamos almejas o caracoles! Estos últimos se
colocaban en cajones donde les echábamos harina, para que
comieran y se "curaran" por dentro. En una oportunidad,
terminada esta tarea, nos alejamos un par de días. Al regresar, mi
madre abrió la casa y exhaló un alarido. No olvido la imagen y las
carcajadas de papá: toda la casita estaba cubierta con caracoles
que intrépidamente subían y bajaban por paredes, camas, pisos.
Es que los cajones no quedaron bien tapados y los susodichos -
frescamente- nos invadieron la casa. Nos vengamos comiéndolos
"a la bordalesa".
Cantoni, un verdadero ecologista, me enseñó a disfrutar el
campo, la flora, el mar. También los beneficios que ofrecía y como
había que gozarlos: disfrutarlos en armonía sin depredarlos y sin
temerlos. Pero eso sí, respetando siempre la naturaleza y sus
caprichos. En las vacaciones "marinas", papá compartía más tiempo
con nosotras, todo el mundo brillaba y nada era igual. Solamente
allí y en Tucunuco.

 

 


      

      

          

  

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Hacedores

Debe haber algo en la geografía de San Juan que permite el
milagro de forjar hacedores, hombres y mujeres capaces de pensar
con mente abierta, sin ceñirse a dogmas cerrados, aunque sí a
objetivos innegociables: que el pueblo de San Juan crezca, se
desarrolle y aporte entonces, al engrandecimiento de la Argentina
toda. Así lo soñó Sarmiento y lo hizo. Así también lo imaginó
Federico Cantoni y lo concretó.. Araceli Bellota

1er Voto Femenino

Domingo Faustino Sarmiento,
valorizó a la mujer como participe del desarrollo de un país. Así
también lo entendio Cantoni completando la obra, en
1927, abriéndoles la puerta del sufragio provincial. Fue también
en esta provincia donde resultó electa la primera diputada de
América Latina, Emar Acosta.. Araceli Bellota

Historico

"Cantoni y el Bloquismo" bien pueden ser considerados como un eslabón clave en el proceso histórico de lo que suele denominarse en la Argentina “pensamiento nacional y popular”. Una suerte de pasaje natural entre el radicalismo y el peronismo naciente, incluso anticipandose al 17 de octubre de 1945 en más de dos décadas, cuando en 1923 presentó su candidatura desde la cárcel, y el pueblo sanjuanino lo rescató, llevándolo desde la celda hasta el mismo sillón de Sarmiento
Araceli Bellota
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