Ursulina Cantoni - 44 Ursulina en Tucunuco.
Tucunuco es para mí un capítulo aparte -como se dice en la jerga cotidiana-, y no sólo de este libro, sino de mi propia vida. Aún después de la muerte de mi padre, siguió siendo el oasis de mi nueva familia: mi esposo, mis hijos... y por supuesto: mamá, Gracielita e Idalina. También de nuestros parientes, amigos o conocidos, hasta el día siniestro en que nos la expropiaron. Pero sólo contaré mis vivencias junto a Federico Cantoni.

Este paraje sanjuanino, hoy en abandono, era una estancia
soñada. Figura incluso en los mapas argentinos.
Sobre la Ruta Nacional 40 (a 130 Km. de la ciudad capital,
San Juan, y a 30 Km. de San José de Jáchal), se levanta la estación
del ex Ferrocarril General Belgrano llamada "Tucunuco". Frente a
ella, está el arco de entrada que señaliza al viajero que se encuentra
frente a la estancia homónima. Desde allí nace la calle principal, a
la que convergía todo lo que existía y toda la actividad que allí se
desarrollaba. Esta calle, eje de vida de "nuestro pueblito", nace
pues en la Ruta 40, (frente a la estación), y muere en el río. Iba
bordeando los olivares, el vivero, y a medida que nos internábamos
en el paraje, cada vez eran más frondosas las arboledas de pimientos
y eucaliptos que la enmarcaban. Llegábamos a la magnífica plaza,
diseñada y ejecutada por mi madre, en cuyo centro, majestuosa, se
erguía la iglesia.
Más atrás, el campo consagrado como Tierra Santa, es decir,
para usar como cementerio.
Muy cerca, la Escuela Primaria, en la que trabajaron hasta
tres maestras. En la vecindad, la casa de los peones. Siguiendo por
la calle principal, se topaba con una rotonda, en la que se alzaba
un monolito que los peones habían construido, en el que se
depositó un busto del hacedor de la estancia: Doctor Federico
Cantoni, (un homenaje póstumo).
A la derecha, comenzaba la gran casona que nos cobijaba, y
que con tanta precisión describiera mi madre. Enfrente, pero bien
alejados, los corrales. Casi al final, justito antes del río, existían
más casitas de obreros y funcionaba la Estafeta de Correo.
En este casco de estancia, enmarcado por las serranías de
Niquivil y Mogna, vivían ocho familias con las que compartíamos
el privilegio de "ser y sentirnos dueños". Los hijos eran mis
compinches y amigos.
Fue el oasis que nos albergó los fines de semana largos, y
gran parte de las vacaciones (un mes nos íbamos al mar).
Ansiosos llegábamos después de recorrer el trayecto desde
San Juan, lo que nos demandaba una hora y media de viaje.
Siempre cargados, no había automotor que contuviera todos los
bártulos. Generalmente se iba en dos vehículos: el auto y la
camioneta. Si bien la casa estaba aprovisionada con sus propios
muebles y enseres, incluyendo ropas y artículos de uso personal,
lo mismo el traslado era siempre una travesía digna de un episodio
de "Los Beverly Ricos". Viajábamos desde la abuela, los amigos,
las domésticas y los víveres.
Mientras se "repasaba" la casa, se prendía la enorme heladera
a kerosén y se alimentaba con leña la hermosa cocina. Mamá,
Idalina y Gracielita ordenaban todo. Nosotros, papá y yo, ya
estábamos en el corral buscando nuestros silleros: Papá en su mula,
yo en mi peruana (después de "la Urupa" fue su hija "la Ñusta").
Montados recorríamos la propiedad por sectores, para
ordenar y supervisar las tareas realizadas. Siempre estábamos
cabalgando y trabajando. Desde las seis de la mañana, salvo el
descanso del almuerzo y la siesta. Y no era extraño que a la tarde
llegáramos de regreso (ramaleados por los montes que pasábamos),
recién con las primeras sombras de la noche... Lo veo montado,
imponente, siempre masticando alguna hojita de eucalipto o
jarilla.
Los recorridos habituales eran: al sur a supervisar los olivares,
o al este los potreros de alfalfa, al norte encarábamos al vivero de
los almácigos pequeños (contenidos en las piletas de la ex
construcción del ferrocarril que quedó dentro de la finca con el
retrasado de la ruta) y continuábamos a supervisar "las tomas"
donde, como su nombre lo indica, entraba el agua de regadío.
Había dos canales: el Ursulina, que venía por el alto de Norte a
Sur, y el Gracielita, que distribuía el agua por los potreros.
Al salir en las madrugadas, ensillábamos (tarea que debíamos
realizar personalmente; papá lo hacía y me exigía hacer lo mismo).
Mis dos preciosas monturas mexicanas las heredé a mis nietos
mayores.
No se podía entender la agilidad de mi padre. Aún con
semejante físico, era asombroso verlo montar y resistir todo el día.
Yo, lo intentaba.
Dos veces al año se juntaban los animales, desde las diferentes
pasturas. Era la época de la "yerra", que comenzaba con el arreo de
los animales, es decir, largas y extenuantes jornadas recorriendo los
campos juntándolos, y a fuerza de arriarlos (guiándolos con nuestros
silleros y con nuestros gritos) eran conducidos a los corrales. Allí se
procedía al conteo para verificar cuántos eran, cuántos habían
perecido o desaparecido y cuántas crías nuevas teníamos. A estas, se
las marcaba identificándolas con nuestra marca:
OLIVARERA TUCUNUCO
Era el momento preciso de la "yerra" y del lucimiento de
Barrionuevo, cuya destreza era imparable. Él se ocupaba de la junta,
el encierro, la enlazada. Era un maestro: revoleaba su lazo y
volteaba el animal sin dañarlo, y lo sostenía hasta que otro de la
peonada sacaba la marca, que descansaba sobre las brasas a fuego
vivo, y se la comprimían al animal en su anca.
Me impresionaba mucho esta faena, sobre todo desde que
se enfureció un novillo, y se lanzó contra todos a toda velocidad,
¡como en las películas! Todavía siento el manotazo de mi padre
para tirarme y sostenerme en el suelo, mientras me ordenaba no
moverme ni hablar (el animal se frena ante un cuerpo muerto).
Pero yo estaba vivita y lo veía "arar" con sus pezuñas, y resoplarme
encimita... ¡pero nada más!
En estas oportunidades, también se capaba a los novillos más
viejos, y al finalizar la faena, se asaban y comían las "criadillas",
manjar que me negué a probar y que se disfrutaba ahí, en el corral,
con la peonada.
Teníamos también majadas de cabras. Los cabreros las
manejaban con suma habilidad. El rebaño tenía "madrinas" que
llamábamos por su nombre. Una de ellas se llamaba "Argentina".
Cada ganado en su propio corral. Esto permitía además
clasificar y utilizar cada guano, según la necesidad de la fertilización
agrícola. Los corrales estaban frente a nuestra casa (nos
acostumbramos al olor, pero no a las moscas pequeñitas y
molestas).
Estos animales se usaban para comercializar, y para el
consumo de quienes habitábamos allí. Nos autoabastecíamos.
Las compras de la estancia se hacían al por mayor, la carne
era nuestra. No se especulaba nunca con el obrero. Por cuenta de
la empresa, se les proveía de ropa de trabajo y de las alpargatas.
También se les regalaba la leche (teníamos tambo que
abastecía a Niquivil y zonas aledañas).
En cada rancho se plantaban las verduras para su propio
consumo. Incluso se les regalaban las semillas.
Los manjares de mi familia eran, sin duda, los chivitos
"mamones" (nunca más de 4 Kg.) que, más que a la parrilla -donde
salían muy secos- nos gustaban asados en el horno de barro. Eran
también lo ansiado por las visitas: cargaban con ellos, en el
estómago, o en el baúl del coche como obsequio.
Eran también muy codiciados los lechoncitos pequeños, los
"cochinillos". Los cerdos grandes (alimentados a algarroba) se
usaban para los carneos detallados por mamá al comienzo de este
capítulo.
¡Por fortuna los chiqueros estaban lejos!
Sí teníamos cerca, al fondo de la casona, los corrales para los
animales domésticos. El gallinero siempre con huevos frescos, y
una pequeña lagunita para algunos patos.
En frente de la galería que miraba al este, en el potrero cercano,
existía un curioso y enorme palomar que conformaba un círculo de
alrededor de 6 mts. de diámetro. En sus paredes se destacaban los
huecos individuales, donde habitaban las palomas. Era una
construcción sumamente antigua que cumplía perfectamente con
su cometido de albergar las palomas y sus crías.
Era fascinante observar a Don Fico en las escasas ocasiones
en que accedía a tomar su escopeta -era excelente tirador-. Nos
proveía de algunos pichones que más tarde él mismo, preparaba
en su famosa "polenta con pajaritos". Y punto final para lo
doméstico...
No ejercía ninguna de las habilidades consideradas varoniles:
no era asador y no reparaba artefactos del hogar. Sólo tenía un
vicio, más que un hobby: la lectura; y no de las más comunes.
Ávido lector, se rodeó de las grandes obras de la literatura que
eran, para él, moneda corriente.
Como el gran adorno de la casa, se lucían los pavos reales,
que nos engalanaban con sus maravillosas colas coloridas, y que
nos "avisaban" las novedades con sus graznidos. Algunas gallinetas
y pocos "gansos" (el sólo nombre nos era contradictorio).
En Tucunuco se olía y se sentía la presencia de los animales,
a los que se agregaban gran variedad de pájaros silvestres, y el ulular
de los vientos y las brisas. No había tráfico, no había ruidos. Sólo
la naturaleza y nosotros. ¡Eso era vida! De tarde en tarde, se
escuchaba una vieja radio a pilas... nada más.
Sin aire acondicionado, ni siquiera ventiladores, nos
arreglábamos perfectamente en el verano. Es que los antiguos
usaban el ingenio en las construcciones, y la casona de adobes era
de paredes anchas, como aislante, y de techos altos. Las piezas
dispuestas de tal manera , que el aire circulaba desde las galerías.
La única picardía: airearlas con "la fresca" y recién regaditas cerrarlas
a las horas de más calor. Y si la noche era muy calurosa, se dormía
afuera, y seguro había que cobijarse (clima semi desértico: calor de
día, frescura de noche).
Entre el humo del guano encendido para espantar los
mosquitos, se vislumbraba la hilera de camas. En las habitaciones
quedaban algunas tendidas, para los remolones que pretendían
seguir durmiendo después de las seis de la mañana, hora en que
amanecía al compás del canto de los gallos.
¡Ah, las noches estrelladas de Tucunuco! ¡El diálogo que me
provocaba mantener con mi padre! Era mezcla: de miedo, al
sentirme tan pequeña e inmersa en una creación tan infinita que
no conocía; de admiración, por lo magnífico del firmamento
estrellado; y de impotencia, al no saber todo lo que éste contenía.
Al lado de mi padre quería ver a los OVNIS, ambos intuíamos que
existían. ¿Por qué estar solos en el universo? ¡Un absurdo!
En las noches de luna llena se podía leer tranquilamente con
la claridad que había, reforzada con la vislumbre de algún farol de
la galería.
No había luz eléctrica ni TV, ¡se podía conversar!. Había
tiempo para escuchar a los mayores, y para enseñar y forjar a los
críos. Era también el ambiente propicio para el relato de anécdotas
de aventuras vividas, y para compartir y expresar lo que sentíamos.
En invierno, la calefacción estaba prevista. Cada habitación
tenía una maravillosa estufa a leña, siempre bien alimentada y con
un tiraje magnífico.
Las chimeneas de los criollos antiguos son, aún hoy, la envidia
de los arquitectos modernos.
Si el frío era intenso, papá se ocupaba personalmente de
completar nuestro abrigo. En los anchos alfeizares de las estufas,
calentaba ladrillos, que luego envolvía en varias hojas de diarios
viejos, y nos los colocaba entre las sábanas para calentar las camas.
En casa no se usaban los "mariditos" -recipientes de tapas
agujereadas que se cargaban con pocas brasas y servían para calentar
los pies (ya que sobre estos se apoyaban los zapatos). Tampoco se
usaban los braseros. ¡Nada sin tiraje!
Al promediar el verano, comenzaba la mayor actividad en
los olivares.
Iban madurando las aceitunas y el trajín aumentaba día a día
frenéticamente, preparando todo para el momento esperado: la
cosecha. Bajo los olivos, lonas cobertoras (para recoger las
aceitunas), escaleras y cajones eran hábilmente utilizados por los
cosechadores.
Más tarde, el preciado fruto se trasladaba a la ciudad en
camiones. Según la variedad y la madurez, la aceituna de conserva
se juntaba en cajones; la destinada a la elaboración del aceite, iba a
granel.
No teníamos problemas de lluvia, sí de creciente.
Ante la menor amenaza, patrón, hija y obreros, partíamos a
recorrer la toma de agua y los canales, aumentando las defensas
con otras nuevas.
Como por arte de magia, pasaban ante mis ojos palos y
alambres para las "patas de gallo", y se levantaban "pircas" de
piedras para contener o encausar el curso de las rugientes aguas
para que, de llegar las temibles crecidas, no dañaran canales y
cultivos.
Todo lo gobernaba la urgencia: la respuesta que teníamos
era el raciocinio y conocimiento de Cantoni y el afán de los obreros.
Aunábamos esfuerzos. Yo debía colaborar: tenía tareas asignadas
que cumplir. Entre ellas, debía ayudar a preparar el locro (en los
sitios donde trabajábamos) revolverlo y servirlo a la peonada (en
el merecido entretiempo de descanso).
"... hay que enseñar con el ejemplo... si pides colaboración y trabajo,
debes hacerlo tu también...".
¡Qué locros los del campo! ¡Cuánto más lejos de la ciudad,
más ricos! Me consta. En realidad, los facturados en las casas
citadinas no son lo mismo, salvo los de mi madre, famosos con
razón. Dos o tres días antes invitaba y comprometía a los
comensales. Empezaba a prepararlo el día anterior con la búsqueda
de los ingredientes, provisiones que ella misma limpiaba,
desgrasaba y remojaba. Al amanecer comenzaba la gran faena:
"... al locro, Ursulina, hay que echarle tiempo y gente... para que
salga sustancioso y aproveche..." Sin exagerar, eran más ricos que los
famosos del RIM 22.
Me encantaba otra de las tareas agrícolas que me permitían
concretar: "pasar el rastrillo" para juntar la alfalfa cortada.
Infaltable era el picnic de ir "a la algarroba" (negra y blanca,
distintos sabores) en los potreros más lejanos.
Todo lo que necesitábamos era esperar el tiempo propicio,
reunir los hijos de los obreros, ensillar y cabalgar detrás del carrito
guanero, al que le cargábamos a la ida la canasta con paté de cerdo,
salame, y pan casero fresco. A la vuelta, la cosecha juntada.
Consumíamos las viandas, mientras apaleábamos los
algarrobos para que nos regalaran sus frutos. Después, con un
rastrillo, los juntábamos y los cargaba el capataz en el carrito
guanero, para llevarlos a casa como forraje para los cerdos. También
en casa se hacía "añapa": se majaban los frutos y se les agregaba
agua; más tarde se colaba y se colocaba en la heladera... ¡era un
refresco delicioso! (si la añapa se dejaba fermentar se convertía en
"aloja", bebida alcohólica que tomaban los peones).
En estos pic-nic compartíamos el trabajo, las viandas y las
experiencias de la vida en la ciudad que yo narraba, y las anécdotas
del campo que disfrutaba en escucharles.
Así supe de la luz mala.
"Niña... ¿Usted conoce, o ha visto la luz mala? ¿No? Cuando la
noche está oscura, se ven salir luces del suelo, debajo de algunos
algarrobos... parecen lámparas...".
Y continuaban con que solamente podía verse de lejos,
porque era "cosa de Mandinga". Impresionadísima, al llegar a casa,
no se lo conté a mi madre pues suponía que iba a frenar el diálogo
y las correrías. Además, también pensé que se asustaría. Esperé
ansiosamente el momento para compartir esta "espantosa realidad"
con mi padre. Me escuchó sereno, y sin inmutarse me respondió :
"yo te enseñaré que no es cierto". Ni una palabra más, nada que calmara
mi ansiedad.
Pasaron unos días, hasta que una noche de cielo nublado,
me despertó, conminándome a que me levantara enseguida. ¿Papá...
qué pasa... adónde vamos?, decía yo, mientras somnolienta trataba
de vestirme. Con la ayuda de una potente linterna, ensillamos, y
ahí supe el destino de nuestra correría nocturna: íbamos al
encuentro de la luz mala. Muerta de miedo y rezando lo guiaba al
lugar que me habían señalado, la verdad es que apenas se
vislumbraba un dejo de claridad. Llegamos, y estaba: se veían como
reflejos de luz que salían del suelo. Se apeó de la mula, tomó la
pala que cargaba en su montura y cavó.
"Mirá Ursulinita, estas son las luces malas del campo" (Era una
osamenta de ganado, apenas cubierta por la tierra, que proyectaba
su fosforescencia). ¡Cuánta coherencia en su proceder! Sí que
predicaba con su ejemplo. Volvimos satisfechos y sonrientes,
mientras comentábamos la realidad y surgía la enseñanza:
"No te olvides: la ignorancia y la falta de Fe, son fuente de temores
y habladurías. En cada oportunidad que puedas, corrobora tú lo que te
dicen. También cada vez que tengas temor enfrenta la realidad, sin gritos
ni aspavientos, buscando sólo seguridad y ser ejecutiva". Me sirvió como
ejemplo para afrontar, sobre todo, las sorpresas de la naturaleza:
temblores, terremotos, tormentas... pero eso lo narraré más
adelante.
En aquella época despuntó mi vicio de la escritura y la
decoración. Escribía permanentemente: diario de vida, anécdotas,
en cualquier papel que llegara a mis manos. También desde
entonces me fascinaba ordenar cosas, placares, muebles y decorar.
Me encantaba recorrer las cercanías y juntar plumas de pavo real,
que luego disponía en grandes cántaros decorativos, entremezcladas
con yuyos y ramas del campo. Papá gozaba verme disfrutar en cada
instante el estar viva:
"Sólo los espíritus pobres se aburren. Siempre hay algo que hacer,
usa cada minuto de tu vida, intenta y aprende todos los días algo nuevo...
crecé Ursulina".
También intenté experimentar con la pintura y los resultados
me llenaron de espanto. Probé con las labores manuales, y con
mucho esfuerzo pude llegar a tejer algunas prendas y a bordar en
punto cruz, almohadones.
Cantoni sí se daba tiempo para todo, y si disfrutaba con
intentarlo, más disfrutaba con hacerlo. A la par de la actividad
agrícola-empresarial de la estancia, ejercía sus otras pasiones: la
medicina y la política. Las dos pasiones se le hicieron una en un
hecho muy particular. Cuenta la señora Elbesia Widmer, esposa
del Telegrafista de Tucunuco en el año 50, que Juan Domingo
Perón convocó por telégrafo a Cantoni para que atendiera a su
mujer, Eva Duarte. Él viajó a la Capital Federal, y a su regreso, le
contó al Jefe de Estafeta, señor Juan Atencio Moreno, que Eva
tenía cáncer y que moriría pronto.
Don Fico, ya en el campo, en San Juan o en Bs. As., iba y
volvía, como un verdadero torbellino de energía positiva, un
hacedor cargado de proyectos. Cada regreso era una fiesta: la casa
se cargaba de luz, seguridad, mimos, regalos. Siempre traía también
material de lectura, o bártulos para encarar algún nuevo hobbie.
Un día llegó con una preciosa valija de madera, en cuyo
interior reposaban ansiosos: pinceles, témperas, óleos y grabados,
o sea, el material necesario para una novel pintora. Probé y fracasé.
Yo sufría... él sonreía de mis "afanes perdidos", y me proponía
algún otro desafío. De todas maneras le manifesté rotundamente
que esas cosas manuales no eran lo mío, que prefería trabajar con
él en el campo, jornada completa. Y si había tiempos de descanso,
dedicarme a la lectura. Y eso le gustó a Don Fico.
Entre las tantas tareas agrestes, no recuerdo para qué trajo
tortugas que alimentamos pacientemente y luego fueron largadas
en el campo. Nunca me quedó muy claro, pero si él lo hacía, yo
también. Por algo sería.
Mamá era la que se afanaba de la rutina de lo doméstico y de
lo social. La preparación de las vituallas para las visitas permanentes,
la amansadora de los políticos que se le instalaban. También se
ocupaba de la Parroquia y el parque; de controlar desde la escuela
hasta la cantina. Oficiaba de profesora de catecismo y casamentera.
Se ocupaba de preparar las procesiones, y hasta el entierro, que
fue uno solo, porque "papá se encargaba de sanar a los enfermos".
Aún le quedaba tiempo como para organizar las chayas y los bailes
de disfraces de carnaval con los hijos de la peonada. Un año
llegamos a presentar un "carruaje" en el desfile de Jáchal.
Una sola vez palpé la fuerza del enojo de Cantoni. Como mi
mundo giraba en torno a él, daba por hecho que las tareas que
involucraban el quehacer de mi madre no precisaban de mi auxilio.
Un día pretendió que la ayudara. Este hecho doméstico me sacó
de las casillas, y seguro que algún insulto se me habrá escapado. La
verdad, no me acuerdo qué pasó, pero sí todavía siento el grito:
¡¡¡Ursulina!!! ¡¡¡Qué le has dicho a tu madre!!! ¡¡¡Repítelo!!!
No se me hubiera ocurrido repetirlo. Sentir el tono de su
voz, mirar su rostro crispado por el enojo, fueron suficiente para
emprender la huida.
Corrí tierra afuera.. ¿Qué haría? No tuve tiempo de pensarlo
¡y ahora ya era tarde! Con pocas zancadas me pilló del hombro,
me tomó del brazo y, casi flotando, me llevó hasta mi madre que
contemplaba la escena despavorida. Con un tirón de oreja me hincó
en el suelo y me dijo: "pídele perdón... y de rodillas. ¡A la madre se la
respeta carajo! No te olvides nunca que eres su cría".
Nada más. Sólo se paró el mundo. Es que yo volví a sentirme
viva cuando, varias horas después, me cobijó en sus brazos y me
dijo que, pese a ser yo a quien más quería, no permitiría los
atrevimientos, menos contra mi madre.


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Hacedores

Debe haber algo en la geografía de San Juan que permite el
milagro de forjar hacedores, hombres y mujeres capaces de pensar
con mente abierta, sin ceñirse a dogmas cerrados, aunque sí a
objetivos innegociables: que el pueblo de San Juan crezca, se
desarrolle y aporte entonces, al engrandecimiento de la Argentina
toda. Así lo soñó Sarmiento y lo hizo. Así también lo imaginó
Federico Cantoni y lo concretó.. Araceli Bellota

1er Voto Femenino

Domingo Faustino Sarmiento,
valorizó a la mujer como participe del desarrollo de un país. Así
también lo entendio Cantoni completando la obra, en
1927, abriéndoles la puerta del sufragio provincial. Fue también
en esta provincia donde resultó electa la primera diputada de
América Latina, Emar Acosta.. Araceli Bellota

Historico

"Cantoni y el Bloquismo" bien pueden ser considerados como un eslabón clave en el proceso histórico de lo que suele denominarse en la Argentina “pensamiento nacional y popular”. Una suerte de pasaje natural entre el radicalismo y el peronismo naciente, incluso anticipandose al 17 de octubre de 1945 en más de dos décadas, cuando en 1923 presentó su candidatura desde la cárcel, y el pueblo sanjuanino lo rescató, llevándolo desde la celda hasta el mismo sillón de Sarmiento
Araceli Bellota
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