Ursulina Cantoni - 46 Casas citadinas.
Nuestra sencilla vida fluía con amor, y con la seguridad de que en la simpleza de las cosas está lo mejor y lo permanente de la vida. Siempre, de nuestros paseos regresábamos a La Cantonina, a nuestro hogar, a la rutina diaria. Cada uno con sus obligaciones.

Hasta que surgió un comentario mío:
Estábamos cenando, y Cantoni, recién llegado del
consultorio, toma la cabecera e inicia el diálogo con su habitual:
"¿qué novedades hay?"
Presurosa, contesto con mi novedad:
-Papi, hoy viajamos de regreso de la escuela en colectivo, porque
vos te ibas a demorar. Me enteré que Idalina (mi chaperona) está de
novia.
-Aja -contestó sin inmutarse- ¿y qué es "estar de novia"?
-No sé, pero el muchacho le decía "linda" y que quería ser su
novio. Yo le pregunté a Idalina y ella me dijo: "intrusa, cállate la
boca y no digas nada en la casa".
La verdad, sólo recuerdo el silencio, el vacío... no volaba ni
una mosca pero... se nos trastocó la vida.
Chau Pocito, chau ómnibus, chau todo el idilio campestre.
Había que acercar la nena a la escuela, y en un abrir y cerrar de
ojos, emprendimos el éxodo a la ciudad.
Corría el año 1951 y se alquiló una sencilla casita en avenida
Alem (norte) entre San Luis y 25 de Mayo.
Allá partimos. Nos sentimos encerrados en una cápsula,
acostumbrados como estábamos a las grandes extensiones, a las
frondosas arboledas, "al equipo de servicio doméstico", al gentío
de allegados e invitados.
Sólo disfrutábamos el hermoso jardín.
Entonces se tomó la decisión, y se vendió la estancia "La
Leona", que teníamos en San Luis. Y en el terreno que mi padre
tenía sobre Libertador y Santiago del Estero (donde funcionó una
fábrica de mosaicos), ahí mamá se podría dar el gusto de diseñar y
construir su casa.
Mientras esta ilusión se iba concretando, en decisiones y en
planos, en arquitecto y obreros, estuvimos cobijados en el nido de
la avenida Alem.
No fue sencillo acostumbrarse. El hábitat nuevo era
totalmente diferente: pequeño, ruidoso, lo único que veíamos a
favor era que estábamos sobre el pavimento y no había tanta tierra.
Además, obviamente, las actividades de mi padre y mi escolaridad
se vieron favorecidos por el acortamiento de la distancia y de los
tiempos.
El agobio de mi madre -estaba como pájaro enjaulado- se
transformó en esperanza, ante la perspectiva de una casa nueva,
construida a su propio criterio.
Fue beneficioso también para ayudar a Gracielita: sólo tenía
tres añitos, y mamá necesitaba más recursos humanos para
respaldarla en su crecimiento (fonoaudióloga, etc.).
Nunca más -en vida de papá- supe de novios de Idalina. Sí
después, en el tiempo, aparecieron dos buenas personas. Tengo
prohibido mencionarlos. Sólo puedo decir que "la Tipi" tenía
gustos extranjerizantes. Sin embargo no concretó con ninguno,
yo creo que por lealtad a mi madre, para acompañarla en su lucha
por resguardar a mi hermana.
En la city, las mujeres de la casa no se privaron de seguir
escuchando las novelas radiales, que seguían desde Pocito, y que
ahora escuchaban con tanta nitidez.
Disfrutaban los episodios de "El León de Francia". Como
yo sabía que eso no le gustaba a mi papá, yo no lo hacía. Ellas lo
concretaban a escondidas, y cuando podían.
Un día, en que estaba mi abuelita Eva de visita, ésta prendió
decididamente la radio, y se dispuso a escucharla sin importarle la
opinión del dueño de casa. Ya saben que eran contemporáneos
con papá, y ambos tenían carácter fuerte. Llegó papá, la saludó, y
la observó como "atrapada" por la novela. Entonces surgió un "no
me diga, Doña Eva... ¿usted también se prende a estas tonterías?". Mi
abuela, como buena Yánez, "echada para atrás", le contestó: "Así
es..." y acto seguido se levantó de la mesa, y sin mediar palabra, se
retiró de la casa, muy oronda. Estaba convencida de haber sido
criticada.
Transcurrieron días, mediaciones y ruegos -obviamente sólo
de mamá y míos- para que volviera a visitarnos.
Los fines de semana huíamos desesperados de la ciudad, con
rumbo a Pocito o Tucunuco, o a cualquier sitio campestre. (Hoy
sigo haciendo lo mismo, sólo invertí los tiempos: cuatro días de la
semana los pasamos en el campo, y dos a tres en el centro para los
trajines administrativos, y/o de existencia). Los lunes, siempre de
regreso a nuestro hogar, esta vez la casita de la calle Alem.
Corría 1952. Era la hora de la cena. Como siempre, estaba
tendida la mesa generosa para los que llegaran. Un habitué era el
Doctor "Pelusa" Mini (odontólogo y muy amigo). Esa noche llegó
con un regalo: merengues con crema de "El Molino". Mamá,
acostumbrada a que nunca nadie llevara NADA, se lo agradeció
enfáticamente: "Pelusa, ¿qué irá a pasar? Ojalá no sea un terremoto...
¿¡¿vos con atenciones?!?" (mamá era famosa por sus salidas
premonitorias).
Y sí... ¡unos minutos y sucedió: el gran terremoto del 52! Se
estremecía la tierra con sacudidas violentas, a manera de queja, a
manera de advertencia al "pobre poder humano".
Pánico y griterío de las mujeres. Intentos despavoridos de
"tomar la calle".
Un grito imperativo, una mirada... y la advertencia
pronunciada enérgicamente: "¡De aquí no se mueve nadie!".
Se acabó la huida, pero el pánico no cedía. Entonces Cantoni
argumentaba:
"Graciela, cuántas veces te he repetido que vivimos en casas
antisísmicas, que el peligro está afuera, en los cables, en las
arboledas".
Por fin se callaron los estertores de la tierra, y ahí sí, salieron
presurosas las mujeres al inevitable cuchicheo vecinal. Yo y mi padre
adentro, sentados. Escuchando sus palabras tranquilizadoras y sus
sabias enseñanzas sobre cómo vencer mis miedos. Créase o no,
hasta la fecha, no me mosqueo con los "zamarrones telúricos".
Esa noche terminó con un episodio que nos llenó de paz.
Llegó a saludarnos Angelito Cantoni -el único hijo de Elio-. Iba a
tender un puente de acercamiento, de reconciliación.
Papá aceptó gustoso el abrazo, e inmediatamente devolvimos
la visita a Rosa Ena. A partir de entonces, todos tuvimos un mayor
acercamiento. Papá fue padrino de bodas de Angelito y Eva Ponce.
La buenaza de mi madre, por su parte, siempre estuvo cerca de
ellos, sobre todo de Eva, de quien se preocupó y ocupó años más
tarde, después de que falleciera -muy joven- Angelito.
Siempre se expresó acerca de ella con afecto, ya que joven,
bella, y con recursos limitados, dedicó su vida a sus hijos y los
educó dignamente a los seis. Hoy, todos son profesionales
destacados de nuestro medio.
Y hablando de casorios... Papá fue también padrino de bodas
de Temis Cantoni:
Temis se casó con Hugo Graffigna, nada más y nada menos
que con un vástago de los contrarios políticos, y cuando aún
escandalizaban las anécdotas violentas acaecidas entre ambas
familias. ¡¡¡Qué podía importarles!!! Se amaban, eran jóvenes y
regios.
Tuvieron un hijo: Hugo Graffigna-Cantoni. Siempre íbamos
a visitarlo con mi madre, ya que ella era la madrina.
Recuerdo perfectamente el casamiento. Yo estaba súper
motivada, pues papá oficiaba de padrino -Aldo ya había fallecido-.
¡Cuántos preparativos! El vestido de mi madre y de nosotras,
los confeccionó la señora Rosalba de Garro-Oro, una "paqueta"
dama sanjuanina que cosía maravillosamente, y utilizaba su
habilidad con la gente que conocía, mientras atendía a su marido
enfermo, y se ocupaba de criar a sus varios hijos.
Llegué al casamiento enfundada en un maravilloso vestido
de seda verde agua, con medio miriñaque, y con sombrerito.
Caprichosa como siempre, exigí a mi madre que me pusiera
la pulsera de dijes rusos que, entiendo, era muy valiosa.
Papá entró con Temis, lindísima, y él, conteste con su
personalidad, se olvidó de sacarse el sombrero. ¡Insisto que el
protocolo no le interesaba! Inmediatamente llegó la orden de mi
madre:
 "-Ursulinita, andá disimuladamente por el costadito y pedile el
sombrero a Federico".
Se debe haber arrepentido, porque yo, muy segura de mí
misma, salí a la alfombra roja y desde el altar a la entrada, los
increpaba deteniéndolos abruptamente:
"-Papá, dame el sombrero".
Sólo recuerdo la risa de los invitados... y bueno, gracias a
Dios pasó. Eso sí, olvidé inmediatamente el rostro de mi madre y
lo que me dijo al oído.
La fiesta la tengo patente. El chalet desbordaba de gente...
las mesas en el jardín... el mejor servicio y las mejores bebidas (las
que según posteriores y prolongados comentarios, causaron
estragos entre los jóvenes presentes).
Imposible olvidarme de aquella noche. De mesa en mesa
corría la voz...
"-¿Han visto la pulsera de Ursulinita?"
Yo, muy oronda, paseaba de mesa en mesa mostrándola a
quienes me lo requerían. Por supuesto: me la sacaron para verla
mejor y... "no, estás equivocada, yo no te la pedí..." es decir, que me la
robaron, y siempre sospeché hasta quién fue. Perdí, por cabeza
dura, una joya inigualable...
Para el año 1954, y como por arte de magia, estuvo lista
nuestra casa.
Era realmente lindísima: la gran sala ocupaba regiamente la
esquina de ambas calles. Por Libertador estaba la entrada principal,
y a la derecha, el magnífico escritorio de papá y su biblioteca. A
continuación, el toilette y la gran escalera que nos comunicaba
con el departamento de huéspedes (dos habitaciones y dos baños,
con una generosa terraza interna, es decir, a modo de patio, no se ve
desde la calle). Sobre Santiago del Estero continuaba la gran cocina, y
el estar imponente, para contener las tertulias. Éste era el lugar
predilecto y de uso cotidiano. Una de sus paredes era una enorme
mampara de hierro y cristales que, al igual que el portón -que separaba
la casa principal del consultorio- pertenecieron a "La Reforma".
Paralelamente al estar, separados por un pasillo, estaban la
piecita del piano y los tres regios dormitorios con sus baños.
Seguía el garage que unía la casa colonial española al
consultorio de mi padre. Era otro edificio, de estilo griego, que
contaba con dos dormitorios, baños y piezas para administrativos.
Rodeaba ambos edificios un amplio patio - jardín, y en un rincón
del mismo, colindante ya con los vecinos Camargo, estaba el
lavadero y el departamento de servicio.
Adyacente, se encontraba la entrada al gran sótano que
alcanzaba, subterráneamente, una superficie igual a la del patio
que estaba sobre él, y que separaba el consultorio del lavadero. Se
construyó para almacenar las vituallas de los carneos, y para una
posible cava que nunca tuvimos.
Carpintería excelente, hermosas lámparas, buenas cortinas.
Todo de primer nivel. Lástima que papá la disfrutó tan poco.
¿Los muebles? Los mismos. Sólo se agregó el magnífico
escritorio, con su sillón y biblioteca, regalo encargado por el
querido Ramón Águedo Herrero a un ebanista correligionario y
amigo, que lo talló para Don Federico. Fue Santiago Marcucci.
También era nuevo el juego de dormitorio, que vestía mi
hábitat de "Señorita". Recuerdo un novedoso aparato de radio
para lucir en la sala, que serviría para escuchar las noticias nacionales
en esta época tan convulsiva.
Muerta Evita, se había profundizado el caos y la atmósfera
había entrado en ebullición. Más correligionarios en casa, más
agregados a la mesa, más tertulias.
En la cabecera de la gran mesa, papá, y yo a su derecha.
Mamá, Gracielita, Idalina, y diez o quince habitués.
Se advertía preocupado a Cantoni por el cariz de los
acontecimientos. Más actividad política, y la imperiosa necesidad
de poner nuevamente en pie el Partido Bloquista, en pro de San
Juan, ante la insostenible realidad provincial y nacional. El exceso
de poder había transformado a Perón, y se hablaba del "tirano".
Eran cada vez más frecuentes los requerimientos desde
Buenos Aires. Desde distintos grupos se convocaba a los hombres
más conspicuos del federalismo argentino, en un intento de volver
al país a un rumbo próspero y esclarecido para todos.
Allá viajaba papá, mientras mamá seguía afanada en
acondicionar cada vez más la nueva casa, y prepararla para el tan
ansiado momento de la inauguración.
Llamaba mi atención que, sobre la estufa principal de la sala,
mamá no había colgado nada, y cada vez que se hacía referencia a
ello, se hacía la ocupada y esquivaba la respuesta. Ya en vísperas
del festejo, quedó develado el misterio. Ese espacio tenía su dueño,
y sólo ella lo sabía: un óleo del Maestro Puig, que muestra a mi
padre magníficamente logrado (rostro, expresión y porte, no así
las manos -demasiado finas y largas- que no se corresponden con
su figura).
Sorprendido, Cantoni pregunta y surgue el diálogo:
 "- ¿Y esto?
- Federico, es un regalo de Alejandro Orfila para que presida la
nueva casa.
- No hace falta, estoy yo. Pero ¿cómo lo logró? ¿por foto?
- No. Cada vez que íbamos a almorzar al departamento de
Alejandro y Helenita, el maestro Puig te observaba tras los cristales de la
galería. Así posaste sin saber.
- Y bueno... es regalo del amigo. Colgalo o hacé lo que quieras".
Por supuesto se colgó. Papá respetaba las decisiones de la
dueña de casa, y cultivaba la amistad verdadera.
Sabemos que poco tiempo quedaba a Cantoni para
compartir con amigos. Pero a veces se daba el lujo de charlas
interminables, la mayoría en el escritorio de su casa. Y si era invierno,
se prendía la estufa de leña, y la alimentaba personalmente. En
aquellas oportunidades, sólo tenía acceso yo, que les proveía el
café o el yerbeadito en taza. No era extraño verlo escribiendo, o
leyendo con ellos. La mayoría de estos seres, a quienes distinguía
con su tiempo y su amistad, yo los conocía menos que a los
políticos, salvo algunos como Doña Carmen Peñaloza de Varese,
el Doctor Albar Díaz y el Doctor Varas, entre tantos...
Ellos no pertenecían al círculo político cotidiano. Estos últimos
se convocaban automáticamente en el estar - galería, y era cómo
apéndice de la casa: Eudoro Rodríguez, Napoleón Battezati, Dr.
Carlos Albarracín, Alejandro Albarracín, Dr. Osiris Cantoni, Dr.
Nicolás Mini, Dra. Juana Evangelina Cibeira, y mis primos Cantoni.
Todos ellos lo acompañaron en la reorganización del partido. Es a
ellos a quienes mi madre agradece en su libro "Mi vida con Federico",
justamente por la entrega en pro del proyecto político de Federico.
Comenzaban a llegar a la oración, y mientras mi padre
terminaba el consultorio, iban comentando las peripecias del día
entre ellos, o con mi madre. Yo tocaba el piano o escuchaba con
admiración a Blanquita Astorga de Tello, amiga dilecta de mi madre,
que sí tocaba magistralmente y nos deleitaba con su música. Tocaba
tangos acompañada por el coro de los muchachos. Yo protestaba
porque me aburrían con tanta letra en lunfardo y Eudoro
Rodríguez, presuroso, me contestaba: "ya te van a gustar, nena, es
cuestión de años". Y así fue.
***
La inauguración oficial de la casa fue un acontecimiento de
envergadura.
Vino todo el mundo de aquí y de afuera (amigos de otras
provincias). Se ocupó toda la casa. Se bailó, animados por una
orquesta, en los salones, en los patios y hasta en las terrazas.
Del servicio y la comida, faltan palabras para describir calidad
y abundancia. Eran tiempo domésticos de felicidad y alegría.
Yo pasaba los días afanada entre mis actividades, escolares y
extra curriculares. A las que ya mencioné, se agregaron "otras".
Mamá, como madre y mujer, comenzó a alarmarse con mi figura
demasiado rellena -ella ya estaba "entregada" en la lucha por
recuperar su silueta-. Así empezó la larga carrera de mi vida: con la
preocupación de mamá y el incentivo de las torpes comparaciones
con la mayoría de mis compañeras. La pelea sería dura: entonces
no había productos reducidos en calorías, ni tantos gimnasios y
 "spa". Todo era dieta casera, ejercicios preparados por la Srta.
Fernández y baños de inmersión súper calientes. Papá aconsejaba
no preocuparse, pues "con lo coqueta que es, ya debe estar mortificada
ella misma, y solita va a entrar en vereda".
Simultáneamente a nuestra cotidianeidad, la tensión del clima
político crecía. La disidencia política, opositora al General Perón,
presionaba a las Fuerzas Armadas para que actuara enérgicamente
y derrocara al ya considerado "tirano".
Así se concretó la Revolución Libertadora, que instaló en
septiembre de 1955 al General Lonardi como Presidente
Provisional de la Nación. Sólo dos meses pasarían para que
asumiera el cargo el General Aramburu, representante de otra
corriente del Ejército, más antiperonista, más "gorila". Se iniciaba
una larga carrera de errores, intercalada con períodos democráticos,
pero que culminaría recién con el triunfo del Dr. Raúl Alfonsín,
en 1983. La democracia una vez más, y casi treinta años después,
demostraba ser el sistema político más perfectible (el perfecto, dicen
los idóneos, no existe).
Cantoni, gracias a Dios, no vivió para lamentar este
período. Lo que sí lamentamos los Bloquistas Cantonistas -los
ORIGINALES, o sus descendientes-, es que ni él, ni nosotros,
nos hubiéramos prestado a que el Partido Bloquista acompañara
a gobiernos "de facto".
Pero sí ocurrió. Durante la conducción del sucesor de
Cantoni en la Jefatura política, se invirtió el orden de valores:
lo primero fue preservar para ellos un puesto de relevancia en
el gobierno, más allá de las circunstancias y los principios del
Partido (que fueron metódicamente "adaptados" a los beneficios
recibidos por sus conductores de turno). Lo mismo hacen hoy
en día, sus descendientes.
Volviendo a 1955, y transitando estas instancias del país,
Cantoni se dedicó a reorganizar y poner en pie su Partido, ante el
fracaso del segundo gobierno peronista.
Tenía que dejar nuevamente consolidado al Bloquismo,
como baluarte para defender los logros sanjuaninos, y no dejar a
sus comprovincianos a la deriva. Él advertía la urgencia de los
tiempo políticos, paralela a su propia urgencia, la de los tiempos
de la adultez.
Los bloquistas respondieron inmediatamente a la convocatoria
del Jefe. En poco tiempo, la estructura orgánica del Partido Bloquista
cobró nueva vida, y así, antes de finalizar el año 1955, Cantoni se
dirigía por radio al pueblo sanjuanino, fijando las determinaciones
tomadas en el seno partidario.
Categóricamente las explicitó30:
"Para la U.C.R.B. no hay ni Vencedores ni Vencidos... para nosotros
hay solamente veinte millones de argentinos que deben ser orientados en
el respeto y la tolerancia: para que unidos fraternalmente, trabajen con
fe por la grandeza de la República".
En este llamado a la cordura y a la pacificación, Cantoni
también resumió los logros que el Partido había alcanzado en sus
años de gobierno; así como sus propuestas para los nuevos
tiempos:
"Nuestra doctrina y nuestro programa se nutren de la vida diaria,
nuestras ideas son dinámicas. Sabemos aprender, sabemos evolucionar, y
por eso somos capaces de avanzar".
Habló de lo que es un verdadero gobierno eficaz, de los
problemas en que se debía ocupar. Habló de Sarmiento.
Se refirió concretamente a la situación de San Juan, a su
presente, a su futuro:
"La lucha económica de este siglo, exige la formación de grandes
unidades de trabajo y capital, que puedan enfrentar con éxito las complejas
dificultades del comercio internacional, o sea, de la exportación".
Habló del rol de Argentina en América Latina, de la necesidad
de su inserción en el mundo, de la urgencia de la pacificación y el
orden, porque "sólo por ese camino podrá la República encontrar su
verdadero destino".
Corrían los últimos días de 1955, y en un impasse político
impuesto, festejamos la última Navidad con papá.
En el medio del patio que separaba la casa del consultorio,
se plantó un hermoso pino que se cargó con regalitos.
En la casa nueva, todo confort, todo alegría, festejamos
gozosos. Recuerdo a Gracielita correteando alrededor de papá
(quien, con una sonrisa, disfrutaba la algarabía familiar, la respuesta
partidaria y los logros obtenidos).
Papá desató mi paquetito con complicidad y me lo dio
risueño. Sabía que era mi primer regalo adulto, como marcando
mi entrada a la adolescencia: un relojito que orgullosamente
abrochó a mi muñeca derecha.
Sin saberlo, entrábamos a los últimos tiempos de vida de
Don Fico, los siete primeros meses de 1956...
Fueron tiempos de maratones partidarias, innumerables
actos a los que siempre me llevaba -yo permanecía siempre junto a
sus piernas-.
Tengo fotos juntos, en un gran acto en el patio de la ex
Reforma, donde una multitud de personas aplaudían el regreso
de Cantoni a la arena política.
En ella dejó su último aliento.

  

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Hacedores

Debe haber algo en la geografía de San Juan que permite el
milagro de forjar hacedores, hombres y mujeres capaces de pensar
con mente abierta, sin ceñirse a dogmas cerrados, aunque sí a
objetivos innegociables: que el pueblo de San Juan crezca, se
desarrolle y aporte entonces, al engrandecimiento de la Argentina
toda. Así lo soñó Sarmiento y lo hizo. Así también lo imaginó
Federico Cantoni y lo concretó.. Araceli Bellota

1er Voto Femenino

Domingo Faustino Sarmiento,
valorizó a la mujer como participe del desarrollo de un país. Así
también lo entendio Cantoni completando la obra, en
1927, abriéndoles la puerta del sufragio provincial. Fue también
en esta provincia donde resultó electa la primera diputada de
América Latina, Emar Acosta.. Araceli Bellota

Historico

"Cantoni y el Bloquismo" bien pueden ser considerados como un eslabón clave en el proceso histórico de lo que suele denominarse en la Argentina “pensamiento nacional y popular”. Una suerte de pasaje natural entre el radicalismo y el peronismo naciente, incluso anticipandose al 17 de octubre de 1945 en más de dos décadas, cuando en 1923 presentó su candidatura desde la cárcel, y el pueblo sanjuanino lo rescató, llevándolo desde la celda hasta el mismo sillón de Sarmiento
Araceli Bellota
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